de elevado techo. La risueña Afrodita colocó una silla delante de Alejandro; sentóse
Helena, hija de Zeus, que lleva la égida, y, apartando la vista de su esposo, lo increpó con
estas palabras:
¡Vienes de la lucha, y hubieras debido perecer a manos del esforzado varón que
fue mi anterior marido! Blasonabas de ser superior a Menelao, caro a Ares, en fuerza, en
puños y en el manejo de la lanza; pues provócalo de nuevo a singular combate. Pero no:
te aconsejo que desistas, y no quieras pelear ni contender temerariamente con el rubio
nelao; no sea que en seguida sucumbas, herido por su lanza.
437 Respondióle Paris con estas palabras:
Mujer, no me zahieras con amargos baldones. Hoy ha vencido Menelao con el
lio de Atenea; otro día lo venceré yo, pues también tenemos dioses que nos protegen.
Mas, ea, acostémonos y volvamos a ser amigos. Jamás la pasión se apoderó de mi espíritu
como ahora; ni cuando, después de robarte, partimos de la amena Lacedemonia en las
naves surcadoras del ponto y llegamos a la isla de Cránae, donde me unió contigo
amoroso consorcio: con tal ansia te amo en este momento y tan dulce es el deseo que de
mí se apodera.
447 Dijo, y empezó a encaminarse al tálamo; y en seguida lo siguió la esposa.
448 Acostáronse ambos en el torneado lecho, mientras el Atrida se revolvía entre la
muchedumbre, como una fiera, buscando al deiforme Alejandro. Pero ningún troyano ni
aliado ilustre pudo mostrárselo a Menelao, caro a Ares; que no por amistad lo hubiesen
ocultado, pues a todos se les había hecho tan odioso como la negra muerte. Y Agamenón,
rey de hombres, les dijo:
iOíd, troyanos, dárdanos y aliados! Es evidente que la victoria quedó por Menelao,
caro a Ares; entregadnos la argiva Helena con sus riquezas y pagad una indemnización, la
que sea justa, para que llegue a conocimiento de los hombres venideros.
461 Así dijo el Atrida, y los demás aqueos aplaudieron.
CANTO IV
*
Violación de los juramentos
-
Agamenón reuista las tropas
* Menelao lo busca por el cameo de batalla y recibe en la cintura el impacto de una flecha lanzada por
Pándaro, que así rompe la tregua covenida por los dos ejércitos antes de empezar el singular desafío.
Entonces comienza una encarnizada lucha entre aqueos y troyanos.
1 Sentados en el áureo pavimento junto a Zeus, los dioses celebraban consejo. La
venerable Hebe escanciaba néctar, y ellos recibían sucesivamente la copa de oro y
contemplaban la ciudad de Troya. Pronto el Cronida intentó zaherir a Hera con mordaces
ras; y, hablando fingidamente, dijo:
Dos son las diosas que protegen a Menelao, Hera argiva y Atenea alalcomenia; pero,
sentadas a distancia, se contentan con mirarlo; mientras que Afrodita, amante de la risa,
acompaña constantemente al otro y to Libra de Las parcas, y ahora lo acaba de salvar
cuando él mismo creía perecer. Pero, comp la victoria quedó por Menelao, caro a Ares,
mos sobre sus futuras consecuencias: si conviene promover nuevamente el
funesto combate y la terrible pelea, o reconciliar a entrambos pueblos. Si a todos
pluguiera y agradara, la ciudad del rey Príamo continuaría poblada y Menelao se llevaría
la argiva Helena.
20 Así dijo. Atenea y Hera, que tenían Los asientos contiguos y pensaban en causar
daño a Los troyanos, se mordie ron Los labios. Atenea, aunque airada contra su padre
Zeus y poseída de feroz cólera, guardó silencio y nada dijo; pero a Hera no le cupo la ira
en el pecho, y exclamó: