¡Crudelísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! ¿Quieres que sea vano a ineficaz
mi trabajo y el sudor que me costó? Mis corceles se fatigaron, cuando reunía el ejército
contra Príamo y sus hijos. Haz lo que dices, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.
30 Respondióle muy indignado Zeus, que amontona las nubes:
¡Desdichada! ¿Qué graves ofensas te infieren Príamo y sus hijos para que
continuamente anheles destruir la bien edificada ciudad de Ilio? Si trasponiendo las
puertas de los altos muros, te comieras crudo a Príamo, a sus hijos y a los demás
troyanos, quizá tu cólera se apaciguara. Haz lo que te plazca; no sea que de esta disputa
se origine una gran riña entre nosotros. Otra cosa voy a decirte que fijarás en la memoria:
do yo tenga vehemente deseo de destruir alguna ciudad donde vivan amigos tuyos,
no retardes mi cólera y déjame hacer lo que quiera, ya que ésta te la cedo
espontáneamente, aunque contra los impulsos de mi alma. De las ciudades que los hom-
bres terrestres habitan debajo del sol y del cielo estrellado, la sagrada Ilio era la preferida
de mi corazón, con Príamo y su pueblo armado con lanzas de fresno. Mi altar jamás
careció en ella del alimento debido, libaciones y vapor de grasa quemada; que tales son
los honores que se nos deben.
5o Contestóle en seguida Hera veneranda, la de ojos de novilla:
Tres son las ciudades que más quiero: Argos, Esparta y Micenas, la de anchas
calles; destrúyelas cuando las aborrezca tu corazón, y no las defenderé, ni me opondré
siquiera. Y si me opusiere y no lo permitiere destruirlas, nada conseguiría, porque tu
oder es muy superior. Pero es preciso que mi trabajo no resulte inútil. También yo soy
una deidad, nuestro linaje es el mismo y el artero Crono engendróme la más venerable,
por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre los
inmortales todos. Transijamos, yo contigo y tú conmigo, y los demás dioses inmortales
nos seguirán. Manda presto a Atenea que vaya al campo de la terrible batalla de los
troyanos y los aqueos, y procure que los troyanos empiecen a ofender, contra lo jurado, a
vanecidos aqueos.
68 Así dijo. No desobedeció el padre de los hombres y de los dioses; y, dirigiéndose a
Atenea, profirió en seguida estas aladas palabras:
Ve muy presto al campo de los troyanos y de los aqueos, y procura que los troyanos
empiecen a ofender, contra lo jurado, a los envanecidos aqueos.
73 Con tales voces instigólo a hacer lo que ella misma deseaba; y Atenea bajó en raudo
vuelo de las cumbres del Olimpo. Cual fúlgida estrella que, enviada como señal por el
hijo del artero Crono a los navegantes o a los individuos de un gran ejército, despide gran
número de chispas; de igual modo Palas Atenea se lanzó a la tierra y cayó en medio del
campo. Asombráronse cuantos la vieron, así los troyanos, domadores de caballos, como
ueos, de hermosas grebas, y no faltó quien dijera a su vecino:
O empezará nuevamente el funesto combate y la terrible pelea, o Zeus, árbitro de la
guerra humana, pondrá amistad entre ambos pueblos.
85 De esta manera hablaban algunos de los aqueos y de los troyanos. La diosa,
transfigurada en varón -parecíase a Laódoco Antenórida, esforzado combatiente-, penetró
por el ejército troyano buscando al deiforme Pándaro. Halló por fin al eximio y fuerte
hijo de Licaón en medio de las filas de hombres valientes, escudados, que con él habían
llegado de las orillas del Esepo; y, deteniéndose cerca de él, le dijo estas aladas palabras:
¿Querrás obedecerme, hijo valeroso de Licaón? ¡Te atrevieras a disparar una veloz
flecha contra Menelao! Alcanzarías gloria entre los troyanos y te lo agradecerían todos, y
particularmente el príncipe Alejandro; éste te haría espléndidos presentes, si viera que a
Menelao, belicoso hijo de Atreo, lo subían a la triste pira, muerto por una de tus flechas.
Ea, tira una saeta al ínclito Menelao, y vota sacrificar a Apolo nacido en Licia, célebre