por su arco, una hecatombe perfecta de corderos primogénitos cuando vuelvas a tu patria,
la sagrada ciudad de Zelea.
Así dijo Atenea. El insensato se dejó persuadir, y asió en seguida el pulido arco hecho
con las astas de un lascivo buco montés, a quien él había acechado y herido en el pecho
cuando saltaba de un peñasco: el animal cayó de espaldas en la roca, y sus cuernos de
dieciséis palmos fueron ajus tados y pulidos por hábil artífice y adornados con anillos de
oro. Pándaro tendió el arco, bajándolo a inclinándolo al suelo, y sus valientes amigos lo
cubrieron con los escudos, para que los belicosos aqueos no arremetieran contra él antes
que Menelao, aguerrido hijo de Atreo, fuese herido. Destapó el carcaj y sacó una flecha
nueva, alada, causadora de acerbos dolores; adaptó en seguida a la cuerda del arco la
amarga saeta, y votó a Apolo nacido en Licia, el de glorioso arco, sacrificarle una
espléndida hecatombe de corderos primogénitos cuando volviera a su patria, la sagrada
ciudad de Zelea. Y, cogiendo a la vez las plumas y el bovino nervio, tiró hacia su pecho y
acercó la punta de hierro al arco. Armado así, rechinó el gran arco circular, crujió la
cuerda y saltó la puntiaguda fle cha deseosa de volar sobre la multitud.
127 No se olvidaron de ti, oh Menelao, los felices a inmortales dioses y especialmente
la hija de Zeus, que impera en las batallas; la cual, poniéndose delante, desvió la amarga
cha: apartóla del cuerpo como la madre ahuyenta una mosca de su niño que duerme
con plácido sueño, y la dirigió al lugar donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y la
raza era doble. La amarga saeta atravesó el ajustado cinturón, obra de artífice; se clavó
en la magnífica coraza, y, rompiendo la chapa que el héroe llevaba para proteger el
cuerpo contra las flechas y que lo defendió mucho, rasguñó la piel y al momento brotó de
la herida la negra sangre.
141 Como una mujer meonia o caria tiñe en púrpura el marfil que ha de adornar el
freno de un caballo, muchos jinetes desean llevarlo y aquélla lo guarda en su casa para un
rey a fin de que sea ornamento para el caballo y motivo de gloria para el caballero; de la
misma manera, oh Menelao, se tiñeron de sangre tus bien formados muslos, las piernas, y
más abajo los hermosos tobillos.
148 Estremecióse el rey de hombres, Agamenón, al ver la negra sangre que manaba de
la herida. Estremecióse asimismo Menelao, caro a Ares; mas, como advirtiera que que-
daban fuera el nervio y las plumas, recobró el ánimo en su pecho. Y el rey Agamenón,
asiendo de la mano a Menelao, dijo entre hondos suspiros mientras los compañeros
¡Hermano querido! Para tu muerte celebré el jurado convenio cuando te puse
delante de todos a fin de que lucharas por los aqueos, tú solo, con los troyanos. Así te han
herido: pisoteando los juramentos de fidelidad. Pero no serán inútiles el pacto, la sangre
de los corderos, las libaciones de vino puro y el apretón de manos en que confiábamos. Si
el Olímpico no los castiga ahora, lo hará más tarde, y paga rán cuanto hicieron con una
gran pena: con sus propias cabezas, sus mujeres y sus hijos. Bien lo conoce mi
inteligencia y lo presiente mi corazón: día vendrá en que perezcan la sagrada llio, y
Priamo, y su pueblo armado con lanzas de Fresno; el excelso Zeus Cronida, que vive en
el éter, irritado por este engaño, agitará contra ellos su égida espantosa. Todo esto ha de
suceder irremisiblemente. Pero será grande mi pesar, oh Menelao, si mueres y llegas al
o fatal de to vida, y he de volver con gran oprobio a la árida Argos; porque los
aqueos se acordarán en seguida de su tierra patria, dejaremos como trofeos en poder de
Príamo y de los troyanos a la argiva Helena, y tus huesos se pudrirán en Troya a causa de
una empresa no llevada a cumplimiento. Y alguno de los troyanos soberbios exclamará,
saltando sobre la tumba del glorioso Menelao: «Así efectúe Agamenón todas sus
venganzas como ésta; pues trajo inútilmente un ejército aqueo y regresó a su patria con