del espumoso mar donde tenemos las naves de lindas popas, para ver si el Cronión ex-
tiende su mano sobre vosotros?
250 De tal suerte revistaba, como generalísimo, las filas de guerreros. Andando por
entre la muchedumbre, llegó al sitio donde los cretenses vestían las armas con el
aguerrido Idomeneo. Éste, semejante a un jabalí por su bravura, se hallaba en las
primeras filas, y Meriones enardecía a los soldados de las últimas falanges. Al verlos, el
rey de hombres, Agamenón, se alegró y al punto dijo a Idomeneo con suaves voces:
¡Idomeneo! Te honro de un modo especial entre los dánaos, de ágiles corceles, así
en la guerra a otra empresa, como en el banquete, cuando los próceres argivos beben el
negro vino de honor mezclado en las crateras. A los demás aqueos de larga cabellera se
les da su ración; pero tú tienes siempre la copa llena, como yo, y bebes cuanto te place.
rre ahora a la batalla y muestra el denuedo de que te jactas.
265 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses:
¡Atrida! Siempre he de ser tu amigo fiel, como lo aseguré y prometí que lo sería.
Pero exhorta a los demás melenudos aqueos, para que cuanto antes peleemos con los
troyanos, ya que éstos han roto los pactos. La muerte y toda clase de calamidades les
aguardan, por haber sido los primeros en faltar a lo jurado.
272 Así dijo, y el Atrida con el corazón alegre pasó adelante. Andando por entre la
muchedumbre llegó al sitio donde estaban los Ayantes. Éstos se armaban, y una nube de
tes los seguía. Como el nubarrón, impelido por el céfiro, camina sobre el mar y se le
to lejos negro como la pez y preñado de tempestad, y el cabrero se estremece al
lo desde una altura, y, antecogiendo el ganado, lo conduce a una cueva; de igual
modo iban al dañoso combate, con los Ayantes, las densas y obscuras falanges de jóvenes
ilustres, erizadas de lanzas y escudos. Al verlos, el rey Agamenón se regocijó, y dijo estas
aladas palabras:
¡Ayantes, príncipes de los argivos de broncíneas corazas! A vosotros -inoportuno
fuera exhortaros- nada os encargo, porque ya instigáis al ejército a que pelee valerosa-
mente. Ojalá, ¡padre Zeus, Atenea, Apolo!, que hubiese el mismo ánimo en todos los
pechos, pues pronto la ciudad del rey Príamo sería tomada y destruida por nuestras
292 Cuando así hubo hablado, los dejó y se fue hacia otros. Halló a Néstor, elocuente
orador de los pilios, ordenando a los suyos y animándolos a pelear, junto con el gran
Pelagonte, Alástor, Cromio, el poderoso Hemón y Biante, pastor de hombres. Ponía
delante, con los respectivos carros y corceles, a los que desde aquéllos combatían; detrás,
a gran copia de valientes peones que en la batalla formaban como un muro, y en medio, a
los cobardes para que mal de su grado tuviesen que combatir. Y, dando instrucciones a
los primeros, les encargaba que sujetaran los caballos y no promoviesen confusión entre
la muchedumbre:
Nadie, confiando en su pericia ecuestre o en su valor, quiera luchar solo y fuera de
las filas con los troyanos; que asimismo nadie retroceda; pues con mayor facilidad seríais
vencidos. El que caiga del carro y suba al de otro pelee con la lanza, pues hacerlo así es
mucho mejor. Con tal prudencia y ánimo en el pecho destruyeron los antiguos muchas
ciudades y murallas.
310 De tal suerte el anciano, diestro desde antiguo en la guerra, los enardecía. Al verlo,
el rey Agamenón se alegró, y le dijo estas aladas palabras:
¡Oh anciano! ¡Así como conservas el ánimo en tu pecho, tuvieras ágiles las
rodillas y sin menoscabo las fuerzas! Pero te abruma la vejez, que a nadie respeta. Ojalá
otro cargase con ella y tú fueras contado en el número de los jóvenes.
317 Respondióle Néstor, caballero gerenio: