¡Atrida! También yo quisiera ser como cuando maté al divino Ereutalión. Pero
jamás las deidades lo dieron todo y a un mismo tiempo a los hombres: si entonces era
joven, ya para mí llegó la senectud. Esto no obstante, acompañaré a los que combaten en
carros para exhortarlos con consejos y palabras, que tal es la misión de los ancianos. Las
lanzas las blandirán los jóvenes, que son más vigorosos y pueden confiar en sus fuerzas.
326 Así dijo, y el Atrida pasó adelante con el corazón alegre. Halló al excelente jinete
Menesteo, hijo de Péteo, de pie entre los atenienses ejercitados en la guerra. Estaba cerca
de ellos el ingenioso Ulises, y a poca distancia las huestes de los fuertes cefalenios, los
cuales, no habiendo oído el grito de guerra -pues así las falanges de los troyanos,
domadores de caballos, como las de los aqueos, se ponían entonces en movimiento-,
aguardaban que otra columna aquea cerrara con los troyanos y diera principio la batalla.
Al verlos, el rey Agamenón los increpó con estas aladas palabras:
¡Hijo del rey Péteo, alumno de Zeus; y tú, perito en malas artes, astuto! ¿Por qué,
medrosos, os abstenéis de pelear y esperái s que otros tomen la ofensiva? Debierais estar
entre los delanteros y correr a la ardiente pelea, ya que os invito antes que a nadie cuando
los aqueos damos un banquete a los próceres. Entonces os gusta comer carne asada y
beber sin tasa copas de dulce vino, y ahora veríais con placer que diez columnas aqueas
combatieran delante de vosotros con el cruel bronce.
349 Encarándole la torva vista, exclamó el ingenioso Ulises:
¡Atrida! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes! ¿Por qué dices que
somos remisos en ir al combate? Cuando los aqueos excitemos al feroz Ares contra los
troyanos domadores de caballos, verás, si quieres y te importa, cómo el padre amado de
Telémaco penetra por las primeras filas de los troyanos, domadores de caballos. Vano y
sin fundamento es tu lenguaje.
356 Cuando el rey Agamenón comprendió que el héroe se irritaba, sonrióse y,
retractándose dijo:
¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! No ha sido mi intento
ni reprenderte en demasía, ni darte órdenes. Conozco los benévolos sentimientos del co-
razón que tienes en el pecho, pues tu modo de pensar coincide con el mío. Pero ve, y si te
dije algo ofensivo, luego arreglaremos este asunto. Hagan los dioses que todo se lo lleve
el viento.
Esto dicho, los dejó a11í, y se fue hacia otros. Halló al animoso Diomedes, hijo de
Tideo, de pie entre los corceles y los sólidos carros; y a su lado a Esténelo, hijo de
Capaneo. En viendo a aquél, el rey Agamenón lo reprendió, profiriendo estas aladas
alabras:
¡Ay, hijo del aguerrido Tideo, domador de caballos! ¿Por qué tiemblas? ¿Por qué
miras azorado el espacio que de los enemigos nos separa? No solía Tideo temblar de este
modo, sino que, adelantándose a sus compañeros, peleaba con el enemigo. Así lo refieren
quienes to vieron combatir, pues yo no to presencié ni to vi, y dicen que a todos superaba.
Estuvo en Micenas, no para guerrear, sino como huésped, junto con el divino Polinices,
cuando ambos reclutaban tropas para dirigirse contra los sagrados muros de Teba. Mucho
nos rogaron que les diéramos auxiliares ilustres, y los ciudadanos querían concedérselos
y prestaban asenso a lo que se les pedía; pero Zeus, con funestas señales, les hizo variar
de opinión. Volviéronse aquéllos; después de andar mucho, llegaron al Asopo, cuyas
orillas pueblan juncales y prados, y los aqueos nombraron embajador a Tideo para que
fuera a Teba. En el palacio del fuerte Eteocles encontrábanse muchos cadmeos reunidos
en banquete; pero ni a11í, siendo huésped y solo entre tantos, se turbó el eximio jinete
Tideo: los desafiaba y vencía fácilmente en toda clase de luchas. ¡De tal suerte lo protegía
Atenea! Cuando se fue, irritados los cadmeos, aguijadores de caballos, pusieron en