el Atrida Menelao, famoso por su lanza, lo hirió con un dardo en la espalda, entre los
hombros, y le atravesó el pecho. Cayó de cara y sus armas resonaron.
59 Meriones dejó sin vida a Fereclo, hijo de Tectón Harmónida, que con las manos
fabricaba toda clase de obras de ingenio, porque era muy caro a Palas Atenea. Éste, no
nociendo los oráculos de los dioses, construyó las naves bien proporcionadas de
Alejandro, las cuales fueron la causa primera de todas las desgracias y un mal para los
troyanos y para él mismo. Meriones, cuando alcanzó a aquél, lo alanceó en la nalga
derecha; y la punta, pasando por debajo del hueso y cerca de la vejiga, salió al otro lado.
El guerrero cayó de hinojos, gimiendo, y la muerte lo envolvió.
9 Meges hizo perecer a Pedeo, hijo bastardo de Anténor, a quien Teano, la divina,
había criado con igual solicitud que a los hijos propios, para complacer a su esposo. El
hijo de Fileo, famoso por su pica, fue a clavarle en la nuca la puntiaguda lanza, y el hierro
cortó la lengua y asomó por los dientes del guerrero. Pedeo cayó en el polvo y mordía el
frío bronce.
76 Eurípilo Evemónida dio muerte al divino Hipsenor, hijo del animoso Dolopión, que
era sacerdote de Escamandro y el pueblo lo veneraba como a un dios. Perseguíalo
Eurípilo, hijo preclaro de Evemón; el cual, poniendo mano a la espada, de un tajo en el
hombro le cercenó el robusto brazo, que ensangrentado cayó al suelo. La purpúrea muerte
y el hado cruel velaron los ojos del troyano.
84 Así se portaban éstos en el reñido combate. En cuanto al Tidida, no hubieras
conocido con quiénes estaba, ni si pertenecía a los troyanos o a los aqueos. Andaba
furioso por la llanura cual hinchado torrente que en su rápido curso derriba los diques
pues ni los diques más trabados, ni los setos de los floridos campos lo detienen-, y
presentándose repentinamente, cuando cae espesa la lluvia de Zeus, destruye muchas
hermosas labores de los jóvenes; tal tumulto promovía el Tidida en las densas falanges
troyanas que, con ser tan numerosas, no se atrevían a resistirlo.
95 Tan luego como el preclaro hijo de Licaón vio que Diomedes corna furioso por la
llanura y desordenaba las falanges, tendió el corvo arco y lo hirió en el hombro derecho,
por el hueco de la coraza, mientras aquél acometía. La cruel saeta atravesó el hombro y la
coraza y se manchó de sangre. Y el preclaro hijo de Licaón, al notarlo, gritó con voz
¡Arremeted, troyanos de ánimo altivo, aguijadores de caballos! Herido está el más
fuerte de los aqueos; y no creo que pueda resistir mucho tiempo la fornida saeta, si fue re-
almente Apolo, hijo de Zeus, quien me movió a venir aquí desde la Licia.
106 Así dijo gloriándose. Pero la veloz flecha no postró a Diomedes; el cual,
retrocediendo hasta el carro y los caballos, se detuvo y dijo a Esténelo, hijo de Capaneo:
Corre, buen hijo de Capaneo, baja del carro y arráncame del hombro la amarga
111 Así dijo. Esténelo saltó del carro al suelo, se le acercó, y sacóle del hombro la
aguda flecha; la sangre chocaba, al salir a borbotones, contra las mallas de la túnica. Y
entonces Diomedes, valiente en el combate, hizo esta plegaria:
¡Óyeme, hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita! Si alguna vez amparaste
benévola a mi padre en la cruel guerra, séme ahora propicia, ¡oh Atenea!, y haz que se
ponga a tiro de lanza y reciba la muerte de mi mano quien se me anticipó hiriéndome, y
ahora se jacta de que pronto dejaré de contemplar la fúlgida luz del sol.
121 Así dijo rogando. Palas Atenea lo oyó, agilitóle los miembros todos y
especialmente los pies y las manos, y poniéndose a su lado pronunció estas aladas
palabras: