352 Así dijo. La diosa retrocedió turbada y muy afligida; Iris, de pies veloces como el
viento, asiéndola por la mano, la sacó del tumulto cuando ya el dolor la abrumaba y el
hermoso cutis se ennegrecía; y como aquélla encontrara al furibundo Ares sentado a la
izquierda de la batalla, con la lanza y los veloces caballos envueltos en una nube, se hincó
de rodillas y pidióle con instancia los corceles de áureas bridas:
¡Querido hermano! Compadécete de mí y dame los caballos para que pueda volver
al Olimpo, a la mansión de los inmortales. Me duele mucho la herida que me infirió un
hombre, el Tidida, quien sería capaz de pelear con el padre Zeus.
363 Dijo, y Ares le cedió los corceles de áureas bridas. Afrodita subió al carro con el
corazón afligido; Iris se puso a su lado, y tomando las riendas avispó con el látigo a
aquéllos, que gozosos alzaron el vuelo. Pronto llegaron a la morada de los dioses, al alto
Olimpo; y la diligente Iris, la de pies ligeros como el viento, detuvo los caballos, los
desunció del carro y les echó un pasto divino. La diosa Afrodita se refugió en el regazo
de su madre Dione; la cual, recibiéndola en los brazos y halagándola con la mano, le dijo:
¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te maltrató, como si a su
presencia hubieses cometido alguna falta?
375 Respondióle al punto Afrodita, amante de la risa:
Hirióme el hijo de Tideo, Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza a mi hijo
Eneas, carísimo para mí más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo de troya-
nos y aqueos, pues los dánaos ya se atreven a combatir con los inmortales.
381 Contestó Dione, divina entre las diosas:
Sufre el dolor, hija mía, y sopórtalo aunque estés afligida; que muchos de los que
habitamos olímpicos palacios hemos tenido que tolerar ofensas de los hombres, a quienes
excitamos para causarnos, unos dioses a otros, horribles males.- Las toleró Ares cuando
Oto y el fornido Efialtes, hijos de Aloeo, lo tuvieron trece meses atado con fuertes
cadenas en una cárcel de bronce: a11í pereciera el dios insaciable de combate, si su
madrastra, la bellísima Eribea, no lo hubiese participado a Hermes, quien sacó
furtivamente de la cárcel a Ares casi exánime, pues las crueles ataduras lo agobiaban.-
Las toleró Hera cuando el vigoroso hijo de Anfitrión hirióla en el pecho diestro con
trifurcada flecha; vehementísimo dolor atormentó entonces a la diosa.- Y las toleró
también el ingente Hades cuando el mismo hijo de Zeus, que lleva la égi da, disparándole
en Pilos veloz saeta, to entregó al dolor entre los muertos: con el corazón afligido,
traspasado de dolor, pues la flecha se le había clavado en la robusta espalda y abatía su
ánimo, fue el dios al palacio de Zeus, al vasto Olimpo, y, como no había nacido mortal,
curólo Peón, esparciendo sobre la herida drogas calmantes. ¡Osado! ¡Temerario! No se
tenía de cometer acciones nefandas y contristaba con el arco a los dioses que habitan
el Olimpo.- A ése lo ha excitado contra ti Atenea, la diosa de ojos de lechuza. ¡Insensato!
nora el hijo de Tideo que quien lucha con los inmortales ni llega a viejo ni los hijos lo
reciben, llamándole padre y abrazando sus rodillas, de vuelta del combate y de la terrible
lea. Aunque es valiente, tema el Tidida que le salga al encuentro alguien más fuerte
que tú: no sea que luego la prudente Egialea, hija de Adrasto y cónyuge ilustre de
Diomedes, domador de caballos, despierte con su llanto a los domésticos por sentir
soledad de su legítimo esposo, el mejor de los aqueos todos.
416 Dijo, y con ambas manos restañó el icor; la mano se curó y los acerbos dolores se
calmaron. Atenea y Hera, que lo presenciaban, intentaron zaherir a Zeus Cronida con
daces palabras; y Atenea, la diosa de ojos de lechuza, empezó a hablar de esta