¡Padre Zeus! ¿Te irritarás conmigo por lo que diré? Sin duda Cipris quiso
persuadir a alguna aquea de hermoso peplo a que se fuera con los troyanos, que tan
queridos le son; y, acariciándola, áureo broche le rasguñó la delicada mano.
426 Así dijo. Sonrióse el padre de los hombres y de los dioses, y llamando a la áurea
Afrodita, le dijo:
A ti, hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas: dedícate a los dulces
trabajos del himeneo, y el impetuoso Ares y Atenea cuidarán de aquéllas.
431 Así los dioses conversaban. Diomedes, valiente en el combate, cerró con Eneas, no
obstante comprender que el mismo Apolo extendía la mano sobre él; pues, impulsado por
el deseo de acabar con el héroe y despojarlo de las magníficas armas, ya ni al gran dios
respetaba. Tres veces asaltó a Eneas con intención de matarlo; tres veces agitó Apolo el
refulgente escudo. Y cuando, semejante a un dios, atacaba por cuarta vez, Apolo, el que
hiere de lejos, lo increpó con aterradoras voces:
¡Tidida, piénsalo mejor y retírate! No quieras igualarte a las deidades, pues jamás
fueron semejantes la raza de los inmortales dioses y la de los hombres que andan por la
443 Así dijo. El Tidida retrocedió un poco para no atraerse la cólera de Apolo, el que
hiere de lejos; y el dios, sacando a Eneas del combate, lo llevó al temp lo que tenía en la
sacra Pérgamo: dentro de éste, Leto y Artemis, que se complace en tirar fechas, curaron
al héroe y le aumentaron el vigor y la belleza del cuerpo. En tanto Apolo, que lleva arco
de plata, formó un simulacro de Eneas y su armadura; y, alrededor del mismo, troyanos y
divinos aqueos chocaban las rodelas de cuero de buey y los alados broqueles que
protegían sus cuerpos. Y Febo Apolo dijo entonces al furibundo Ares:
¡Ares, Ares, funesto a los mortales, manchado de homicidios, demoledor de
murallas! ¿Quieres entrar en la liza y sacar a ese hombre, al Tidida, que sería capaz de
combatir hasta con el padre Zeus? Primero hirió a Cipris en el puño, y luego, semejante a
un dios, cerró conmigo.
460 Cuando esto hubo dicho, sentóse en la excelsa Pérgamo. El funesto Ares, tomando
la figura del ágil Acamante, caudillo de los tracios, enardeció a los que militaban en las
filas troyanas y exhortó a los ilustres hijos de Príamo, alumnos de Zeus:
¡Hijos del rey Príamo, alumno de Zeus! ¿Hasta cuándo dejaréis que el pueblo
perezca a manos de los aqueos? ¿Acaso hasta que el enemigo llegue a las sólidas puertas
de los muros? Yace en tierra un varón a quien honrábamos como al divino Héctor: Eneas,
hijo del magnánimo Anquises. Ea, saquemos del tumulto al valiente amigo.
470 Con estas palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. A su vez, Sarpedón
reprendía así al divino Héctor:
¡Héctor! ¿Qué se hizo el valor que antes mostrabas? Dijiste que defenderías la
ciudad sin tropas ni aliados, solo, con tus hermanos y tus deudos. De éstos a ninguno veo
ni descubrir puedo: temblando están como perros en torno de un león, mientras
combatimos los que únicamente somos auxiliares. Yo, que figuro como tal, he venido de
muy lejos, de Licia, situada a orillas del voraginoso Janto; allí dejé a mi esposa amada, al
tierno infante y riquezas muchas que el menesteroso apetece. Mas, sin embargo de esto y
de no tener aquí nada que los aqueos puedan llevarse o apresar, animo a los licios y deseo
luchar con ese guerrero; y tú estás parado y ni siquiera exhortas a los demás hombres a
tan al enemigo y defiendan a sus esposas. No sea que, como si hubierais caído en
una red de lino que todo lo envuelve, lleguéis a ser presa y botín de los enemigos, y éstos
yan vuestra populosa ciudad. Preciso es que lo ocupes en ello día y noche y
supliques a los caudillos de los auxiliares venidos de lejas tierras, que resistan firmemente
y no se hagan acreedores a graves censuras.