¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita! Vana será la promesa
que hicimos a Menelao de que no se iría sin destruir la bien murada Ilio, si dejamos que
nicioso Ares ejerza sus furores. Ea, pensemos en prestar al héroe poderoso auxilio.
719 Dijo; y Atenea, la diosa de ojos de lechuza, no desobedeció. Hera, deidad
veneranda hija del gran Crono, aparejó los corceles con sus áureas bridas, y Hebe puso
diligentemente en el férreo eje, a ambos lados del carro, las corvas ruedas de bronce que
tenían ocho rayos. Era de oro la indestructible pina, de bronce las ajustadas admirables
tas, y de plata los torneados cubos. El asiento descansaba sobre tiras de oro y de plata,
y un doble barandal circundaba el carro. Por delante salía argéntea lanza, en cuya punta
ató la diosa un hermoso yugo de oro con bridas de oro también; y Hera, que anhelaba el
combate y la pelea, unció los cor celes de pies ligeros.
733 Atenea, hija de Zeus, que lleva la égida, dejó caer al suelo, en el palacio de su
padre, el hermoso peplo bordado que ella misma había tejido y labrado con sus manos;
vistió la túnica de Zeus, que amontona las nubes, y se armó para la luctuosa guerra.
Suspendió de sus hombros la espantosa égida floqueada que el terror corona: allí están la
Discordia, la Fuerza y la Persecución horrenda; a11í la cabeza de la Gorgona, monstruo
cruel y horripilante, portento de Zeus, que Ileva la égida. Cubrió su cabeza con áureo
casco de doble cimera y cuatro abolladuras, apto para resistir a la infantería de cien
ciudades. Y, subiendo al flamante carro, asió la lanza ponderosa, larga, fornida, con que
la hija del prepotente padre destruye filas enteras de héroes cuando contra ellos monto en
cólera. Hera picó con el látigo a los corceles, y de propio impulso abriéronse rechinando
las puertas del cielo de que cuidan las Horas -a ellas está confiado el espacioso cielo y el
para remover o colocar delante la densa nube. Por a11í, por entre las puertas,
dirigieron los corceles dóciles al látigo y hallaron al Cronión, sentado aparte de los otros
dioses, en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Hera, la diosa de los níveos
razos, detuvo entonces los corceles, para hacer esta pregunta al excelso Zeus Cronida:
¡Padre Zeus! ¿No te indignas contra Ares al presenciar sus atroces hechos?
¡Cuántos y cuáles varones aqueos ha hecho perecer temeraria a injustamente! Yo me
, y Cipris y Apolo, que lleva arco de plata, se alegran de haber excitado a ese loco
que no conoce ley alguna. Padre Zeus, ¿te irritarás conmigo si a Ares le ahuyento del
combate causándole funestas heridas?
764 Respondióle Zeus, que amontona las nubes:
Ea, aguija contra él a Atenea, que impera en las batallas, pues es quien suele
causarle más vivos dolores.
767 Así dijo. Hera, la diosa de los níveos brazos, le obedeció, y picó a los corceles, que
volaron gozosos entre la tierra y el estrellado cielo. Cuanto espacio alcanza a ver el que,
tado en alta cumbre, fija sus ojos en el vinoso ponto, otro tanto salvan de un brinco los
caballos, de sonoros relinchos, de los dioses. Tan luego como ambas deidades llegaron a
ya, Hera, la diosa de los níveos brazos, paró el carro en el lugar donde los dos ríos
Simoente y Escamandro juntan sus aguas; desunció los corceles, cubriólos de espesa
niebla, y el Simoente hizo nacer la ambrosía para que pacieran.
778 Las diosas empezaron a andar, semejantes en el paso a tímidas palomas,
impacientes por socorrer a los argivos. Cuando llegaron al sitio donde estaba el fuerte
Diomedes, domador de caballos, con los más y mejores de los adalides que parecían
carniceros leones o puercos monteses, cuya fuerza es grande, se detuvieron; y Hera, la
diosa de los níveos brazos, tomando el aspecto del magnánimo Esténtor, que tenía
vozarrón de bronce y gritaba tanto como otros cincuenta, exclamó:
¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo por la figura!
Mientras el divino Aquiles asistía a las batallas, los troyanos, amedrentados por su