formidable pica, no pasaban de las puertas dardanias; y ahora combaten lejos de la
ciudad, junto a las cóncavas naves.
792 Con tales palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Atenea, la diosa de ojos de
lechuza, fue en busca del Tidida y halló a este príncipe junto a su carro y sus corceles,
refrescando la herida que Pándaro con una flecha le había causado. El sudor le molestaba
debajo de la ancha abrazadera del redondo escudo, cuyo peso sentía el héroe; y, alzando
éste con su cansada mano la correa, se enjugaba la denegrida sangre. La diosa apoyó la
diestra en el yugo de los caballos y dijo:
¡Cuán poco se parece a su padre el hijo de Tideo! Era éste de pequeña estatura,
pero belicoso. Y aunque no le dejase combatir ni señalarse -como en la ocasión en que,
habiendo ido por embajador a Teba, se encontró lejos de los suyos entre multitud de
cadmeos y le di orden de que comiera tranquilo en el palacio-, conservaba siempre su es-
píritu valeroso, y, desafiando a los jóvenes cadmeos, los vencía fácilmente en toda clase
de luchas. ¡De tal modo lo protegía! Ahora es a ti a quien asisto y defiendo, exhortándote
a pelear animosamente con los troyanos. Mas, o el excesivo trabajo de la guerra ha
fatigado tus miembros, o te domina el exánime terror. No, tú no eres el hijo del aguerrido
Tideo Enida.
814 Y, respondiéndole, el fuerte Diomedes le dijo:
Te conozco, oh diosa, hija de Zeus, que lleva la égida. Por esto te hablaré gustoso,
sin ocultarte nada. No me domina el exánime terror ni flojedad alguna; pero recuerdo
todavía las órdenes que me diste. No me dejabas combatir con los bienaventurados
dioses; pero, si Afrodita, hija de Zeus, se presentara en la pelea, debía herirla con el
agudo bronce, Pues bien: ahora retrocedo y he mandado que todos los argivos se
replieguen aquí, porque comprendo que Ares impera en la batalla.
825 Contestóle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
¡Diomedes Tidida, carísimo a mi corazón! No temas a Ares ni a ninguno de los
inmortales; tanto te voy a ayudar. Ea, endereza los solípedos caballos a Ares el primero,
le de cerca y no respetes al furibundo dios, a ese loco voluble y nacido para dañar,
que a Hera y a mí nos prometió combatir contra los troyanos en favor de los argivos y
ahora está con aquéllos y se ha olvidado de sus palabras.
835 Apenas hubo dicho estas palabras, asió de la mano a Esténelo, que saltó diligente
del carro a tierra. Montó la enardecida diosa, colocándose al lado del ilustre Diomedes, y
el eje de encina recrujió a causa del peso porque llevaba a una diosa terrible y a un varón
fortísimo. Palas Atenea, habiendo recogido el látigo y las riendas, guió los solípedos
caballos hacia Ares el primero; el cual quitaba la vida al gigantesco Perifante, preclaro
hijo de Oquesio y el más valiente de los etolios. A tal varón mataba Ares, manchado de
homicidios; y Atenea se puso el casco de Hades para que el furibundo dios no la
conociera.
846 Cuando Ares, funesto a los mortales, vio al ilustre Diomedes, dejó al gigantesco
Perifante tendido donde le había muerto y se encaminó hacia Diomedes, domador de
llos. Al hallarse a corta distancia, Ares, que deseaba quitar la vida a Diomedes, le
dirigió la broncínea lanza por cima del yugo y las riendas; pero Atenea, la diosa de ojos
de lechuza, cogiéndola y alejándola del carro, hizo que aquél diera el golpe en vano. A su
vez Diomedes, valiente en el combate, atacó a Ares con la broncínea lanza, y Palas
Atenea, apuntándola a la ijada del dios, donde el cinturón le ceñía, hirióle, desga rró el
hermoso cutis y retiró el arma. El broncíneo Ares cla mó como gritarían nueve o diez mil
hombres que en la guerra llegaran a las manos; y temblaron, amedrentados, aqueos y
troyanos. ¡Tan fuerte bramó Ares, insaciable de combate!