864 Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes por la acción de un impetuoso
viento abrasador, tal le parecía a Diomedes Tidida el broncíneo Ares cuando, cubierto de
bla, se dirigía al anchuroso cielo. El dios llegó en seguida al alto Olimpo, mansión de
las deidades; se sentó, con el corazón afligido, al lado de Zeus Cronión, mostró la sangre
mortal que manaba de la herida, y suspirando dijo estas aladas palabras:
¡Padre Zeus! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos? Siempre los dioses
hemos padecido males horribles que recíprocamente nos causamos para complacer a los
hombres; pero todos estamos airados contigo, porque engendraste una hija loca, funesta,
que sólo se ocupa en acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo, todos te
obedecen y acatan; pero a ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino que la
instigas, por ser tú el padre de esa hija perniciosa que ha movido al insolente Diomedes,
hijo de Tideo, a combatir, en su furia, con los inmortales dioses. Primero hirió de cerca a
Cipris en el puño, y después, cual si fuese un dios, arremetió contra mí. Si no llegan a
salvarme mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir padecimientos durante largo tiempo
entre espantosos montones de cadáveres, o quedar inválido, aunque vivo, a causa de las
heridas que me hiciera el bronce.
888 Mirándolo con torva faz, respondió Zeus, que amontona las nubes:
¡Inconstante! No te lamentes, sentado junto a mí, pue me eres más odioso que
ningún otro de los dioses del Olimpo. Siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas, y
tienes el espíritu soberbio, que nunca cede, de tu madre Hera a quien apenas puedo
dominar con mis palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido lo debes a sus consejos. Pero
no permitiré que los dolores te atormenten, porque eres de mi linaje y para mí te parió tu
madre. Si, siendo tan perverso hubieses nacido de algún otro dios, tiempo ha que estaría
en un abismo más profundo que el de los hijos de Urano
899 Dijo, y mandó a Peón que lo curara. Éste lo sanó, aplicándole drogas calmantes;
que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la blanca y líquida leche cuando se le
mueve rápidamente con ella, con igual presteza curó aquél al furibundo Ares, a quien
Hebe lavó y puso lindas vestiduras. Y el dios se sentó al lado de Zeus Cronión, ufano de s
907 Hera argiva y Atenea alalcomenia regresaron también al palacio del gran Zeus,
cuando hubieron conseguido que Ares, funesto a los mortales, de matar hombres se
viera.
CANTO VI
*
Coloquio de Héctor y Andrómaca
* Entre los segundos, los troyanos, Héctor, que ha regresado a Troya para ordenar que las mujeres se
congracien con Atenea con plegarias y ofrendas, cuando vuelve al campo de batalla, se encuentra con su
sposa y con su hijo, aún de tierna edad. Y se destaca el comportamiento de Héctor, héroe inocente que
fica por Troya, y de Paris, culpable y egoísta, que sólo piensa en él.
1 Quedaron solos en la batalla horrenda troyanos y aqueos, que se arrojaban broncíneas
lanzas; y la pelea se extendía, acá y acullá de la llanura, entre las corrientes del Simoente
y del Janto.
5 Ayante Telamonio, antemural de los aqueos, rompió el primero la falange troyana a
hizo aparecer la aurora de la salvación entre los suyos, hiriendo de muerte al tracio más
nodado, al alto y valiente Acamante, hijo de Eusoro. Acertóle en la cimera del casco
guarnecido con crines de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta
atravesó el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero.