12 Diomedes, valiente en el combate, mató a Axilo Teutránida, que, abastado de
bienes, moraba en la bien construida Arisbe; y era muy amigo de los hombres, porque en
su casa, situada cerca del camino, a todos les daba hospitalidad. Pero ninguno de ellos
vino entonces a librarlo de la lúgubre muerte, y Diomedes le quitó la vida a él y a su
escudero Calesio, que gobernaba los caballos. Ambos penetraron en el seno de la tierra.
20 Euríalo dio muerte a Dreso y Ofeltio, y fuese tras Esepo y Pédaso, a quienes la
náyade Abarbárea había concebido en otro tiempo del eximio Bucolión, hijo primogénito
y bastardo del ilustre Laomedonte (Bucolión apacentaba ovejas y tuvo amoroso consorcio
con la ninfa, la cual quedó encinta y dio a luz a los dos mellizos): el Mecisteida acabó
con el valor de ambos, privó de vigor a sus bien formados miembros y les quitó la
armadura de los hombros.
29 El belicoso Polipetes dejó sin vida a Astíalo; Ulises, con la broncínea lanza, a Pidites
percosio; y Te ucro, a Aretaón divino. Antíloco Nestórida mató con la pica reluciente a
ro; Agamenón, rey de hombres, a Élato, que habitaba en la excelsa Pédaso, a orillas
del Satnioente, de hermosa corriente; el héroe Leito, a Fílaco mientras huía; y Eurípilo, a
lantio.
37 Menelao, valiente en la pelea, cogió vivo a Adrasto, cuyos caballos, corriendo
despavoridos por la llanura, chocaron con las ramas de un tamarisco, rompieron el corvo
carro por el extremo del timón, y se fueron a la ciudad con los que huían espantados. El
héroe cayó al suelo y dio de boca en el polvo junto a la rueda; acercósele Menelao Atrida
con la ingente lanza, y aquél, abrazando sus rodillas, así le suplicaba:
Hazme prisionero, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate. Muchas cosas de valor
tiene mi opulento padre en casa: bronce, oro, hierro labrado; con ellas te pagaría inmenso
cate, si supiera que estoy vivo en las naves aqueas.
51 Así dijo, y le conmovió el corazón. E iba Menelao a ponerlo en manos del escudero,
para que lo llevara a las veleras naves aqueas, cuando Agamenón corrió a su encuentro y
lo increpó diciendo:
¡Ah, bondoso! ¡Ah, Menelao! ¿Por qué así te apiadas de estos hombres?
¡Excelentes cosas hicieron los troyanos en tu casa! Ninguno de los que caigan en nuestras
manos se libre de tener nefanda muerte, ni siquiera el que la madre lleve en el vientre, ni
ése escape! ¡Perezcan todos los de Ilio, sin que sepultura alcancen ni memoria dejen!
61 Así diciendo, cambió la mente de su hermano con la oportuna exhortación. Repelió
Menelao al héroe Adrasto, que, herido en el ijar por el rey Agamenón, cayó de espaldas.
El Atrida le puso el pie en el pecho y le arrancó la lanza.
66 Néstor, en tanto, animaba a los argivos, dando grandes voces:
¡Oh queridos, héroes dánaos, servidores de Ares! Nadie se quede atrás para recoger
despojos y volver, llevando los más que pueda, a las naves; ahora matemos hombres y
luego con más tranquilidad despojaréis en la llanura los cadáveres de cuantos mueran.
72 Así diciendo les excitó a todos el valor y la fuerza. Y los troyanos hubieran vuelto a
entrar en Ilio, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por su cobardía, si Heleno
mida, el mejor de los augures, no se hubiese presentado a Eneas y a Héctor para
¡Eneas y Héctor! Ya que el peso de la batalla gravita principalmente sobre vosotros
entre los troyanos y los licios, porque sois los primeros en toda empresa, ora se trate de
combatir, ora de razonar, quedaos aquí, recorred las filas, y detened a los guerreros antes
que se encaminen a las puertas, caigan huyendo en brazos de las mujeres y sean motivo
de gozo para los enemigos. Cuando hayáis reanimado todas las falanges, nosotros,
aunque estamos muy abatidos, nos quedaremos aquí a pelear con los dánaos porque la
dad nos apremia. Y tú, Héctor, ve a la ciudad y di a nuestra madre que Name a las