venerables matronas; vaya con ellas al templo dedicado a Atenea, la de ojos de lechuza,
en la acrópolis; abra con la llave la puerta del sacro recinto; ponga sobre las rodillas de la
deidad, de hermosa cabellera, el peplo que mayor sea, más lindo le parezca y más aprecie
tos haya en el palacio, y le vote sacrificar en el templo doce vacas de un año, no
sujetas aún al yugo, si apiadándose de la ciudad y de las esposas y tiernos niños de los
troyanos, aparta de la sagrada Ilio al hijo de Tideo, feroz guerrero, cuya bravura causa
nuestra derrota y a quien tengo por el más esforzado de los aqueos todos. Nunca temimos
tanto ni al mismo Aquiles, príncipe de homb res, que es, según dicen, hijo de una diosa.
Con gran furia se mueve el hijo de Tideo y en valentía nadie te iguala.
102 Así dijo; y Héctor obedeció a su hermano. Saltó del carro al suelo sin dejar las
armas; y, blandiendo dos puntiagudas lanzas, recorrió el ejército por todas partes,
animólo a combatir y promovió una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara y
afrontaron a los argivos; y éstos retrocedieron y dejaron de matar, figurándose que alguno
de los inmortales habría descendido del estrellado cielo para socorrer a aquéllos; de tal
modo se volvieron. Y Héctor exhortaba a los troyanos diciendo en alta voz:
¡Animosos troyanos, aliados de lejas tierras venidos! Sed hombres, amigos, y
mostrad vuestro impetuoso valor, mientras voy a Ilio y e ncargo a los respetables próceres
y a nuestras esposas que oren y ofrezcan hecatombes a los dioses.
116 Dicho esto, Héctor, el de tremolante casco, partió; y la negra piel que orlaba el
abollonado escudo como última franja le batía el cuello y los talones.
119 Glauco, vástago de Hipóloco, y el hijo de Tideo, deseosos de combatir, fueron a
encontrarse en el espacio que mediaba entre ambos ejércitos. Cuando estuvieron cara a
cara, Diomedes, valiente en la pelea, dijo el primero:
¿Cuál eres tú, guerrero valentísimo, de los mortales hombres? Jamás te vi en las
batallas, donde los varones adquieren gloria, pero al presente a todos los vences en auda-
cia cuando te atreves a esperar mi fornida lanza. ¡Infelices de aquéllos cuyos hijos se
oponen a mi furor! Mas si fueses inmortal y hubieses descendido del cielo, no quisiera yo
luchar con dioses celestiales. Poco vivió el fuerte Licurgo, hijo de Driante, que contendía
con las celestes deidades: persiguió en los sacros montes de Nisa a las nodrizas de
que estaba agitado por el delirio báquico, las cuales tiraron al suelo los tirsos al
ver que el homicida Licurgo las acometía con la aguijada; el dios, espantado, se arrojó al
mar, y Tetis le recibió en su regazo, despavorido y agitado por fuerte temblor por la
amenaza de aquel hombre; pero los felices dioses se irritaron contra Licurgo, cególe el
hijo de Crono y su vida no fue larga, porque se había hecho odioso a los inmortales todos.
Con los bienaventurados dioses no quisiera combatir; pero, si eres uno de los mortales
que comen los frutos de la tierra, acér cate para que más pronto llegues al término de tu
perdición.
144 Respondióle el preclaro hijo de Hipóloco:
¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me interrogas sobre el abolengo? Cual la
generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y
la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una
generación humana nace y otra perece. Pero ya que deseas saberlo, te diré cuál es mi
e muchos conocido. Hay una ciudad llamada Éfira en el riñón de Argos, criadora
de caballos, y en ella vivía Sísifo Eólida, que fue el más ladino de los hombres. Sísifo
engendró a Glauco, y éste al eximio Belerofonte, a quien los dioses concedieron gentileza
y envidiable valor. Mas Preto, que era muy poderoso entre los argivos, pues Zeus los
había sometido a su cetro, hízole blanco de sus maquinaciones y to echó de la ciudad. La
vina Antea, mujer de Preto, había deseado con locura juntarse clandestinamente con
Belerofonte; pero no pudo persuadir al prudente héroe, que sólo pensaba en cosas