n una cámara nupcial, una sala y un patio, en la acrópolis, cerca de los palacios de
Príamo y de Héctor. A11í entró Héctor, caro a Zeus, llevando una lanza de once codos,
cuya broncínea y reluciente punta estaba sujeta por áureo anillo. En la cámara halló a
Alejandro que acicalaba las magníficas armas, escudo y coraza, y probaba el corvo arco;
y a la argiva Helena, que, sentada entre sus esclavas, ocupábalas en primorosas labores. Y
en viendo a aquél, increpólo con injuriosas palabras:
¡Desgraciado! No es decoroso que guardes en el corazón ese rencor. Los hombres
perecen combatiendo al pie de los altos muros de la ciudad; el bélico clamor y la lucha se
cendieron por tu causa alrededor de nosotros, y tú mismo reconvendrías a quien cejara
lea horrenda. Ea, levántate. No sea que la ciudad llegue a ser pasto de las voraces
332 Respondióle el deiforme Alejandro:
¡Héctor! Justos y no excesivos son tus baldones, y por lo mismo voy a contestarte.
Atiende y óyeme. Permanecía aquí, no tanto por estar airado o resentido con los troyanos,
cuanto porque deseaba entregarme al dolor. En este instante mi esposa me exhortaba con
blandas palabras a volver al combate; y también a mí me parece preferible, porque la vic-
toria tiene sus alternativas para los guerreros. Ea, pues, aguarda, y visto las marciales
armas; o vete y te sigo, y creo que lograré alcanzarte.
342 Así dijo. Héctor, el de tremolante casco, nada contestó. Y Helena hablóle con
dulces palabras:
¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable! ¡Ojalá que, cuando mi madre
me dio a luz, un viento tempestuoso se me hubiese llevado al monte o al estruendoso mar,
para hacerme juguete de las olas, antes que tales hechos ocurrieran! Y ya que los dioses
determinaron causar estos males, debió tocarme ser esposa de un varón más fuerte, a
quien dolieran la indignación y los muchos baldones de los hombres. Éste ni tiene
firmeza de ánimo ni la tendrá nunca, y creo que recogerá el debido fruto. Pero entra y
siéntate en esta silla, cuñado, que la fatiga te oprime el corazón por mí, perra, y por la
falta de Alejandro; a quienes Zeus nos dio mala suerte a fin de que a los venideros les
sirvamos de asunto para sus cantos.
359 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:
No me ofrezcas asiento, Helena, aunque me aprecies, pues no lograrás
persuadirme: ya mi corazón desea socorrer a los troyanos que me aguardan con
impaciencia. Pero tú haz levantar a ése y él mismo se dé prisa para que me alcance dentro
de la ciudad, mientras voy a mi casa y veo a los criados, a la esposa querida y al tierno
niño; que ignoro si volveré de la batalla, o los dioses dispondrán que sucumba a manos de
los aqueos.
369 Apenas hubo dicho estas palabras, Héctor, el de tremolante casco, se fue. Llegó en
da a su palacio, que abundaba de gente, mas no encontró a Andrómaca, la de níveos
brazos, pues con el niño y la criada de hermoso peplo estaba en la torre llorando y
lamentándose. Héctor, como no hallara dentro a su excelente esposa, detúvose en el
y habló con las esclavas:
¡Ea, esclavas, decidme la verdad! ¿Adónde ha ido Andrómaca, la de níveos
brazos, desde el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis cuñadas de hermosos peplos?
so, al templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas, aplacan a la terrible
381 Respondióle con estas palabras la fiel despensera:
¡Héctor! Ya que tanto nos mandas decir la verdad, no fue a visitar a tus hermanas
ni a tus cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de Atenea, donde las troyanas, de
lindas trenzas, aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la gran torre de Ilio, porque