466 Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos su hijo, y éste se recostó,
gritando, en el seno de la nodriz de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre
le causaba: dábanle miedo el bronce y el terrible penacho crines de caballo, que veía
ondear en lo alto del yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda madre. Héctor
se apresuró a dejar el refulgente casco en el suelo, besó y meció en sus manos al hijo
amado, y rogó así a Zeus y a los de más dioses:
¡Zeus y demás dioses! Concededme que este hijo mío sea, como yo, ilustre entre
los troyanos a igualmente esforzado; que reine poderosamente en Ilio; que digan de él
cuando vuelva de la batalla: «¡Es mucho más valiente que su padre!»; y que, cargado de
cruentos despojos del enemigo quien haya muerto, regocije el alma de su madre.
482 Esto dicho, puso el niño en brazos de la esposa amada, que, al recibirlo en el
perfumado seno, sonreía con el rostro todavía bañado en lágrimas. Notólo el esposo y
compadecido, acaricióla con la mano y le dijo:
¡Desdichada! No en demasía tu corazón se acongoje, que nadie me enviará al
Hades antes de lo dispuesto por el destino; y de su suerte ningún hombre, sea cobarde o
valiente, puede librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate en las labores del telar y
la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra nos cuidaremos
cuantos varones nacimos en Ilio, y yo el primero.
494 Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se puso el yelmo adornado con crines de
caballo, y la esposa amada regresó a su casa, volviendo la cabeza de cuando en cuando y
vertiendo copiosas lágrimas. Pronto llegó Andrómaca al palacio, lleno de gente, de
Héctor, matador de hombres; halló en él muchas esclavas, y a todas las movió a lágrimas.
ban en el palacio a Héctor vivo aún, porque no esperaban que volviera del combate
librándose del valor y de las manos de los aqueos.
3 Paris no demoró en el alto palacio; pues, así que hubo vestido las magníficas armas
de labrado bronce, atravesó presuroso la ciudad haciendo gala de sus pies ligeros. Como
el corcel avezado a bañarse en la cristalina corriente de un río, cuando se ve atado en el
establo, come la cebada del pese bre y rompiendo el ronzal sale trotando por la llanura,
gue orgulloso la cerviz, ondean las crines sobre su cuello, y ufano de su lozanía mueve
ligero las rodillas encaminándose a los acostumbrados sitios donde los caballos pacen; de
aquel modo, Paris, hijo de Príamo, cuya armadura brillaba como un sol, descendía gozoso
de la excelsa Pérgamo por sus ágiles pies llevado. Alejandro alcanzó en seguida a su her-
mano el divino Héctor cuando éste regresaba del lugar en que había pasado el coloquio
con su esposa, y fue el primero en hablar diciendo:
¡Mi buen hermano! Mucho te hice esperar deteniéndote, a pesar de tu impaciencia;
pues no he venido oportunamente, como ordenaste.
520 Respondióle Héctor, el de tremolante casco:
¡Querido! Nadie que sea justo reprenderá tu trabajo en el combate, porque eres
valiente; pero a veces te complaces en desalentarte y no quieres pelear, y mi corazón se
aflige cuando oigo que te baldonan los troyanos que tantos trabajos sufren por ti. Pero.
vámonos y luego lo arreglaremos todo, si Zeus nos permite ofrecer en nuestro palacio la
tera de la libertad a los celestes sempiternos dioses, por haber echado de Troya a los
aqueos de hermosas grebas.
CANTO VII
*
Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres
* La segunda también se suspende inopinadamente, porque Héctor desafia a los héroes aqueos. Echadas
las suertes, le toca a Ayante, y luchan hasta el anochecer. Se pacta una tregua de un día, que los aque os
aprovechan pra enterrar a los muertos y construir un muro en torno al campamento.