las naves, surcadoras del ponto. Entre vosotros se hallan los más valientes aqueos; aquél a
quien el ánimo incite a combatir conmigo adelántese y será campeón con el divino
Héctor. Propongo lo siguiente y Zeus sea testigo: Si aquél con su bronce de larga punta
consigue quitarme la vida, despójeme de las armas, lléveselas a las cóncavas naves, y en-
tregue mi cuerpo a los míos para que los troyanos y sus esposas lo suban a la pira; y, si yo
lo matare a él, por concederme Apolo tal gloria, me llevaré sus armas a la sagrada Ilio, las
garé en el templo de Apolo, que hiere de lejos, y enviaré el cadáver a las naves de
muchos bancos, para que los aqueos, de larga cabellera, le hagan exequias y le erijan un
túmulo a orillas del espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los futuros hombres,
atravesando el vinoso mar en una nave de muchos órdenes de remos: «Ésa es la tumba de
un varón que peleaba valerosamente y fue muerto en edad remota por el esclarecido
tor.» Así hablará, y mi gloria no perecerá jamás.
92 Así dijo. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos, pues por vergüenza no
rehusaban el desafío y por miedo no se decidían a aceptarlo. Al fin levantóse Menelao,
con el corazón afligidísimo, y los apostrofó de esta manera:
¡Ay de mí, hombres jactanciosos; aqueas que no aqueos! Grande y horrible será
nuestro oprobio si no sale ningún dánao al encuentro de Héctor. Ojalá os volvierais agua
rra ahí mismo donde estáis sentados, hombres sin corazón y sin honor. Yo seré quien
me arme y luche con aquél, pues la victoria la conceden desde lo alto los inmortales
103 Esto dicho, empezó a ponerse la magnífica armadura. Entonces, oh Menelao,
hubieras acabado la vida en manos de Héctor, cuya fuerza era muy superior, si los reyes
aqueos no se hubiesen apresurado a detenerte. El mismo Agamenón Atrida, el de vasto
poder, asióle de la diestra exclamando:
¡Deliras, Menelao, alumno de Zeus! Nada te fuerza a cometer tal locura.
Domínate, aunque estés afligido, y no quieras luchar por despique con un hombre más
fuerte que tú, con Héctor Priámida, que a todos amedrenta y cuyo encuentro en la batalla,
donde los varones adquieren gloria, causaba horror al mismo Aquiles, que lo aventaja
tanto en bravura. Vuelve a juntarte con tus compañeros, siéntate, y los aqueos harán que
se levante un campeón tal, que, aunque aquél sea intrépido a incansable en la pelea, con
gusto, creo, se entregará al descanso si consigue escapar de tan fiero combate, de tan
lucha.
120 Así dijo; y el héroe cambió la mente de su hermano con la oportuna exhortación.
Menelao obedeció; y sus servidores, alegres, quitáronle la armadura de los hombros.
ces levantóse Néstor, y arengó a los argivos diciendo:
¡Oh dioses! ¡Q ué motivo de pesar tan grande le ha llegado a la tierra aquea!
¡Cuánto gemiría el anciano jinete Peleo, ilustre consejero y arengador de los mirmidones,
que en su palacio se gozaba con preguntarme por la prosapia y la descendencia de los
argivos todos! Si supiera que éstos tiemblan ante Héctor, alzaría las manos a los
inmortales para que su alma, separándose del cuerpo, bajara a la mansión de Hades.
Ojalá, ¡padre Zeus, Atenea, Apolo!, fuese yo tan joven como cuando, encontrándose los
pilios con los belicosos arcadios al pie de las murallas de Fea, cerca de la corriente del
Járdano, trabaron el combate a orillas del impetuoso Celadonte. Entre los arcadios
aparecía en primera línea Ereutalión, varón igual a un dios, que llevaba la armadura del
rey Areítoo; del divino Areítoo, a quien por sobrenombre llamaban el macero así los
hombres como las mujeres de hermosa cintura, porque no peleaba con el arco y la formi-
dable lanza, sino que rompía las falanges con la férrea maza. Al rey Areítoo matólo
Licurgo, no empleando la fuerza, sino la astucia, en un camino estrecho, donde la férrea
clava no podía librarlo de la muerte: Licurgo se le adelantó, envasóle la lanza en medio