del cuerpo, hízolo caer de espaldas, y despojóle de la armadura, regalo del broncíneo
, que llevaba en las batallas. Cuando Licurgo envejeció en el palacio, entregó dicha
armadura a Ereutalión, su escudero querido, para que la usara; y éste, con tales armas,
desafiaba entonces a los más valientes. Todos estaban amedrentados y temblando, y nadie
se atrevía a aceptar el reto; pero mi ardido corazón me impulsó a pelear con aquel
presuntuoso -era yo el más joven de todos- y combatí con él y Atenea me dio gloria, pues
logré matar a aquel hombre gigantesco y fortísimo que tendido en el suelo ocupaba un
gran espacio. Ojalá me rejuveneciera tanto y mis fuerzas conservaran su robustez. ¡Cuán
pronto Héctor, el de tremolante casco, tendría combate! ¡Pero ni los que sois los más
valientes de los aqueos todos, ni siquiera vosotros, estáis dispuestos a it al encuentro de
161 De esta manera los increpó el anciano, y nueve por junto se levantaron. Levantóse,
mucho antes que los otros, el rey de hombres, Agamenón; luego el fuerte Diomedes
Tidida; después, ambos Ayantes, revestidos de impetuoso valor; tras ellos, Idomeneo y su
escudero Meriones, que al homicida Enialio igualaba; en seguida Eurípilo, hijo ilustre de
Evemón; y, finalmente, Toante Andremónida y el divino Ulises: todos éstos querían
pelear con el ilustre Héctor. Y Néstor, caballero gerenio, les dijo:
Echad suertes, y aquél a quien le toque alegrará a los aqueos, de hermosas grebas,
y sentirá regocijo en el corazón si logra escapar del flero combate, de la terrible lucha.
175 Así dijo. Los nueve señalaron sus respectivas tarjas, y seguidamente las metieron
en el casco de Agamenón Atrida. Los guerreros oraban y alzaban las manos a los dioses.
guno exclamó, mirando al anchuroso cielo:
¡Padre Zeus! Haz que le caiga la suerte a Ayante, al hijo de Tideo, o al mismo rey
nas, rica en oro.
181 Así decían. Néstor, caballero gerenio, meneaba el casco, hasta que por fin saltó la
tarja que ellos querían, la de Ayante. Un heraldo llevóla por el concurso y, empezando
por la derecha, la enseñaba a los próceres aqueos, quienes, al no reconocerla, negaban
que fuese suya; pero, cuando llegó al que la había marcado y echado en el casco, al
ilustre Ayante, éste tendió la mano, y aquél se detuvo y le entregó la contraseña. El héroe
la reconoció, con gran júbilo de su corazón, y, tirándola al suelo, a sus pies, exclamó:
¡Oh amigos! Mi tarja es, y me alegro en el alma porque espero vencer al divino
Héctor. ¡Ea! Mientras visto la bélica armadura, orad al soberano Zeus Cronión,
mentalmente, para que no lo oigan los troyanos; o en alta voz, pues a nadie tememos. No
habrá quien, valiéndose de la fuerza o de la astucia, me ponga en fuga contra mi
voluntad; porque no creo que naciera y me criara en Salamina, tan inhábil para la lucha.
200 Tales fueron sus palabras. Ellos oraron al soberano Zeus Cronión, y algunos
dijeron, mirando al anchuroso cielo:
¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo, máximo! Concédele a Ayante
la victoria y un brillante triunfo; y, si amas también a Héctor y por él te interesas, dales a
entrambos igual fuerza y gloria.
206 Así hablaban. Púsose Ayante la armadura de luciente bronce; y, vestidas las armas
en torno de su cuerpo, marchó tan animoso como el terrible Ares cuando se encamina al
combate de los hombres, a quienes el Cronión hace venir a las manos por una roedora
discordia. Tan terrible se levantó Ayante, antemural de los aqueos, que sonreía con torva
faz, andaba a paso largo y blandía enorme lanza. Los argivos se regocijaron grandemente,
así que lo vieron, y un violento temblor se apoderó de los troyanos; al mismo Héctor
palpitóle el corazón en el pecho; pero ya no podía manifestar temor ni retirarse a su
ejército, porque de él había partido la provocación. Ayante se le acercó con su escudo
como una torre, broncíneo, de siete pieles de buey, que en otro tiempo le hiciera Tiquio,