el cual habitaba en Hila y era el mejor de los curtidores. Éste formó el manejable escudo
con siete pieles de corpulentos bueyes y puso encima, como octava capa, una lámina de
bronce. Ayante Telamonio paróse, con el escudo al pecho, muy cerca de Héctor; y,
amenazándolo, dijo:
¡Héctor! Ahora sabrás claramente, de solo a solo, cuáles adalides pueden presentar
los dánaos, aun prescindiendo de Aquiles, que rompe filas de guerreros y tiene el ánimo
de un león. Mas el héroe, enojado con Agamenón, pastor de hombres, permanece en las
corvas naves surcadoras del ponto, y somos muchos los capaces de pelear contigo. Pero
piece ya la lucha y el combate.
233 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante casco:
¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, príncipe de hombres! No me tientes cual si
fuera un débil niño o una mujer que no conoce las cosas de la guerra. Versado estoy en
los combates y en las matanzas de hombres; sé mover a diestro y a siniestro la seca piel
de buey que llevo para luchar denodadamente; sé lanzarme a la pelea cuando en prestos
carros se batalla, y sé deleitar al cruel Ares en el estadio de la guerra. Pero a ti, siendo
cual eres, no quiero herirte con alevosía, sino cara a cara, si puedo conseguirlo.
244 Dijo, y blandiendo la enorme lanza, arrojóla y atravesó el bronce que cubría como
octava capa el gran escudo de Ayante formado por siete boyunos cueros: la indomable
ta horadó seis de éstos y en el séptimo quedó detenida. Ayante, del linaje de Zeus, tiró
a su vez su luenga lanza y dio en el escudo liso del Priámida, y la robusta lanza, pasando
por el terso escudo, se hundió en la labrada coraza y rasgó la túnica sobre el ijar;
inclinóse el héroe, y evitó la negra muerte. Y arrancando ambos las luengas lanzas de los
escudos, acometiéronse como carniceros leones o puercos monteses, cuya fuerza es
inmensa. El Priámida hirió con la lanza el centro del escudo de Ayante, y el bronce no
pudo romperlo porque la punta se torció. Ayante, arremetiendo, clavó la suya en el es-
cudo de aquél, a hizo vacilar al héroe cuando se disponía para el ataque; la punta abrióse
camino hasta el cuello de Héctor, y en seguida brotó la negra sangre. Mas no por esto
cesó de combatir Héctor, el de tremolante casco, sino que, volviéndose, cogió con su
robusta mano un pedrejón negro y erizado de puntas que había en el campo; lo tiró,
acertó a dar en el bollón central del gran escudo de Ayante, de siete boyunas pieles, a
hizo resonar el bronce que lo cubría. Ayante entonces, tomando una piedra mucho mayor,
la despidió haciéndola voltear con una fuerza inmensa. La piedra torció el borde inferior
del hectóreo escudo, cual pudiera hacerlo una mue la de molino, y chocando con las
rodillas de Héctor lo hizo caer de espaldas asido al escudo; pero Apolo en seguida lo puso
en pie. Y ya se hubieran atacado de cerca con las espadas, si no hubiesen acudido dos
heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres, que llegaron respectivamente del campo
de los troyanos y del de los aqueos, de broncíneas corazas: Taltibio a Ideo, prudentes
ambos. Éstos interpusieron sus cetros entre los campeones, a Ideo, hábil en dar sabios
sejos, pronunció estas palabras:
¡Hijos queridos! No peleéis ni combatáis más; a entrambos os ama Zeus, que
montona las nubes, y ambos sois belicosos. Esto lo sabemos todos. Pero la noche
comienza ya, y será bueno obedecerla.
282 Respondióle Ayante Telamonio:
¡Ideo! Ordenad a Héctor que lo disponga, pues fue él quien retó a los más
valientes. Sea el primero en desistir; que yo obedeceré, si él lo hiciere.
287 Díjole el gran Héctor, el de tremolante casco:
¡Ayante! Puesto que los dioses te han dado corpulencia, valor y cordura, y en el
manejo de la lanza descuellas entre los aqueos, suspendamos por hoy el combate y la
lucha, y otro día volveremos a pelear hasta que una deidad nos separe, después de otorgar