la victoria a quien quisiere. La noche comienza ya, y será bueno obedecerla. Así tú
regocijarás, en las naves, a todos los aqueos y especialmente a tus amigos y compañeros;
y yo alegraré, en la gran ciudad del rey Príamo, a los troyanos y a las troyanas, de
rozagantes peplos, que habrán ido a los sagrados templos a orar por mí. ¡Ea! Hagámonos
ficos regalos, para que digan aqueos y troyanos: «Combatieron con roedor encono,
y se separaron unidos por la amistad.»
303 Cuando esto hubo dicho, entregó a Ayante una espada guarnecida con argénteos
clavos, ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor; y Ayante regaló a Héctor un
vistoso tahalí teñido de púrpura. Separáronse luego, volviendo el uno a las tropas aqueas
y el otro al ejército de los troyanos. Éstos se alegraron al ver a Héctor vivo, y que re-
gresaba incólume, libre de la fuerza y de las invictas manos de Ayante, cuando ya
raban de que se salvara; y lo acompañaron a la ciudad. Por su parte, los aqueos,
mosas grebas, llevaron a Ayante, ufano de la victoria, a la tienda del divino
Agamenón.
313 Así que estuvieron en ella, Agamenón Atrida, rey de hombres, sacrificó al
repotente Cronión un buey de cinco años. Al instante to desollaron y prepararon, lo
partieron todo, lo dividieron con suma habilidad en pedazos muy pequeños, lo
atravesaron con pinchos, to asaron cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada la
y dispuesto el festín, comieron sin que nadie careciese de su respectiva porción; y
el poderoso héroe Agamenón Atrida obsequió a Ayante con el ancho lomo. Cuando
hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer, el anciano Néstor, cuya opinión era
ada siempre como la mejor, comenzó a darles un consejo. Y, arengándolos con
benevolencia, así les dijo:
¡Atrida y demás príncipes de los aqueos todos! Ya que han muerto tantos
melenudos aqueos, cuya negra sangre esparció el cruel Ares por la ribera del Escamandro
de límpida corriente y cuyas almas descendieron a la mansión de Hades, conviene que
suspendas los combates, y mañana, reunidos todos al comenzar del día, traeremos los
cadáveres en carros tirados por bueyes y mulos, y los quemaremos cerca de los bajeles
para llevar sus cenizas a los hijos de los difuntos cuando regresemos a la patria tierra!
Erijamos luego con sierra de la llanura, amontonada en torno de la pira, un túmulo
común; edifiquemos en seguida a partir del mismo una muralla con altas torres, que sea
un reparo para las naves y para nosotros mismos; dejemos puertas que se cierren con bien
ajustadas tablas, para que pasen los carros, y cavemos delante del muro un profundo foso,
que detenga a los hombres y a los caballos si algún día no podemos resistir la acometida
de los altivos troyanos.
344 Así habló, y los demás reyes aplaudieron. Reuniéronse los troyanos en la acrópolis
de Ilio, cerca del palacio de Príamo, y la junta fue agitada y turbulenta. El prudente
Anténor comenzó a arengarles de esta manera:
¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré to que en el pecho mi
corazón me dicta! Ea, restituyamos la argiva Helena con sus riquezas y que los Atridas se
la lleven. Ahora combatimos después de quebrar la fe ofrecida en los juramentos, y no
espero que alcancemos éxito alguno mientras no hagamos to que propongo.
354 Dijo, y se sentó. Levantóse el divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa
cabellera, y, dirigiéndose a aquél, pronunció estas aladas palabras:
¡Anténor! No me place lo que propones y podías haber pensado algo mejor. Si
realmente hablas con seriedad, los mismos dioses to han hecho perder el juicio. Y a los
nos, domadores de caballos, les diré to siguiente: Paladinamente lo declaro, no
evolveré la mujer, pero sí quiero dar cuantas riquezas traje de Argos y aun otras que
añadiré de mi casa.