caballos de Héctor, tirando del carro en que iba tan audaz guerrero. Y el anciano perdiera
a11í la vida, si al punto no lo hubiese advertido Diomedes, valiente en la pelea; el cual,
vociferando de un modo horrible, dijo a Ulises:
¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! ¿Adónde huyes,
confundido con la turba y volviendo la espalda como un cobarde? Mira que alguien,
mientras huyes, no te clave la lanza en el dorso. Pero aguarda y apartaremos del anciano
al feroz guerrero.
97 Así dijo, y el paciente divino Ulises pasó sin oírlo, corriendo hacia las cóncavas
naves de los aqueos. El Tidida, aunque estaba solo, se abrió paso por las primeras filas; y,
deteniéndose ante el carro del viejo Nelida, pronunció estas aladas palabras:
¡Oh anciano! Los guerreros mozos te acosan y te hallas sin fuerzas, abrumado por
la molesta senectud; tu escudero tiene poco vigor y tus caballos son tardos. Sube a mi
carro para que veas cuáles son los corceles de Tros que quité a Eneas, el que pone en fuga
a sus enemigos, y cómo saben tanto perseguir acá y acullá de la llanura, como huir
ligeros. De los tuyos cuiden los servidores; y nosotros dirijamos éstos hacia los troyanos,
domadores de caballos, para que Héctor sepa con qué furia se mueve la lanza en mis
112 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no desobedeció. Encargáronse de sus yeguas los
bravos escuderos Esténelo y Eurimedonte valeroso; y habiendo subido ambos héroes al
carro de Diomedes, Néstor cogió las lustrosas riendas y avispó a los caballos, y pronto se
hallaron cerca de Héctor. El hijo de Tideo arrojóle un dardo, cuando Héctor deseaba aco-
meterlo, y si bien erró el tiro, hirió en el pecho cerca de la tetilla a Eniopeo, hijo del
animoso Tebeo, que, como auriga, gobernaba las riendas: Eniopeo cayó del carro, cejaron
los veloces corceles y a11í terminaron la vida y el valor del guerrero. Hondo pesar sintió
el espíritu de Héctor por tal muerte; pero, aunque condolido del compañero, dejóle en el
suelo y buscó otro auriga que fuese osado. Poco tiempo estuvieron los caballos sin
conductor, pues Héctor encontróse con el ardido Arqueptólemo Ifítida, y, haciéndole su-
bir al carro de que tiraban los ágiles corceles, le puso las riendas en la mano.
130 Entonces gran estrago a irreparables males se hubieran producido y los troyanos
habrían sido encerrados en Ilio como corderos, si al punto no lo hubiese advertido el
padre de los hombres y de los dioses. Tronando de un modo espantoso, despidió un
ardiente rayo para que cayera en el suelo delante de los caballos de Diomedes; el azufre
encendido produjo una terrible llama; los corceles, asustados, acurrucáronse debajo del
carro; las lustrosas riendas cayeron de las manos de Néstor, y éste, con miedo en el
corazón, dijo a Diomedes:
¡Tidida! Tuerce la rienda a los solípedos caballos y huyamos. ¿No conoces que la
protección de Zeus ya no te acompaña? Hoy Zeus Cronida otorga a ése la victoria; otro
día, si le place, nos la dará a nosotros. Ningún hombre, por fuerte que sea, puede impedir
los propósitos de Zeus, porque el dios es mucho más poderoso.
145 Respondióle Diomedes, valiente en la pelea:
Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de decir, pero un terrible pesar me llega al
corazón y al alma. Quizá diga Héctor, arengando a los troyanos: «El Tidida llegó a las na-
ves, puesto en fuga por mi lanza» Así se jactará; y entonces ábraseme la vasta tierra.
151 Replicóle Néstor, caballero gerenio:
¡Ay de mí! ¡Qué dijiste, hijo del belicoso Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y
co, no lo creerán ni los troyanos, ni los dardanios, ni las mujeres de los troyanos mag-
nánimos, escudados, cuyos esposos florecientes derribaste en el polvo.