157 Dichas estas palabras, volvió la rienda a los solípedos caballos, y empezaron a huir
re la turba. Los troyanos y Héctor, promoviendo inmenso alboroto, hacían llover
bre ellos dañosos tiros. Y el gran Héctor, el de tremolante casco, gritaba con voz recia:
¡Tidida! Los dánaos, de ágiles corceles, te cedían la preferencia en el asiento y te
obsequiaban con carne y copas de vino; mas ahora te despreciarán, porque te has vuelto
como una mujer. Anda, tímida doncella; ya no escalarás nuestras torres, venciéndome a
mí, ni te llevarás nuestras mujeres en las naves, porque antes to daré la muerte.
167 Así dijo. El Tidida estaba indeciso entre seguir huyendo o torcer la rienda a los
corceles y volver a pelear. Tres veces se le presentó la duda en la mente y en el corazón,
y tres veces el próvido Zeus tronó desde los montes ideos para anunciar a los troyanos
que suya sería en aquel combate la inconstante victoria. Y Héctor los animaba, diciendo a
voz en grito:
¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a cuerpo combatís! Sed hombres, amigos,
y mostrad vuestro impetuoso valor. Conozco que el Cronida me concede, benévolo, la
victoria y una gloria inmensa y envía la perdición a los dánaos; quienes, oh necios,
construyeron esos muros débiles y despreciables que no podrán contener mi arrojo, pues
ballos salvarán fácilmente el cavado foso. Cuando llegue a las cóncavas naves,
acordaos de traerme el voraz fuego para que las incendie y mate junto a ellas a los
argivos aturdidos por el humo.
184 Dijo, y exhortó a sus caballos con estas palabras:
¿Janto, Podargo, Etón, divino Lampo! Ahora debéis pagarme el exquisito cuidado
con que Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, os ofrecía el regalado trigo y os mezcla-
ba vinos para que pudieseis, bebiendo, satisfacer vuestro apetito antes que a mí, que me
glorío de ser su floreciente esposo. Seguid el alcance, esforzaos, para ver si nos
apoderamos del escudo de Néstor, cuya fama llega hasta el cielo por ser todo de oro, sin
exceptuar las abrazaderas, y le quitamos de los hombros a Diomedes, domador de
caballos, la labrada coraza que Hefesto fabric ó. Creo que, si ambas cosas consiguiéramos,
los aqueos se embarcarían esta misma noche en las veleras naves.
199 Así habló, vanagloriándose. La veneranda Hera, indignada, se agitó en su trono,
haciendo estremecer el espacioso Olimpo, y dijo al gran dios Posidón:
¡Oh dioses! ¡Prepotente Posidón que bates la tierra! ¿Tu corazón no se compadece
de los dánaos moribundos que tantos y tan lindos presentes lo llevan a Hélice y a Egas?
cídete a darles la victoria. Si cuantos protegemos a los dánaos quisiéramos rechazar a
los troyanos y contener al largovidente Zeus, éste se aburriría sentado solo allá en el Ida.
208 Respondióle muy indignado el poderoso dios que sacude la tierra:
¿Qué palabras proferiste, audaz Hera? Yo no quisiera que los demás dioses
lucháramos con Zeus Cronión porque nos aventaja mucho en poder.
212 Así éstos conversaban. Cuanto espacio encerraba el foso desde la torre hasta las
naves llenóse de carros y hombres escudados que a11í acorraló Héctor Priámida, igual al
so Ares, cuanto Zeus le dio gloria. Y el héroe hubiese pegado ardiente fuego a las
naves bien proporcionadas a no haber sugerido la venerable Hera a Agamenón, aunque
éste no se descuidaba, que animara pronto a los aqueos. Fuese el Atrida hacia las tiendas
as naves aqueas con el grande purpúreo manto en el robusto brazo, y subió a la ingente
nave negra de Ulises, que estaba en el centro, para que lo oyeran por ambos lados hasta
las tiendas de Ayante Telamonio y de Aquiles, los cuales habían puesto sus bajeles en los
extremos porque confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Y con voz penetrante
gritaba a los dánaos:
¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad, admirables sólo por la figura!
¿Qué es de la jactancia con que nos gloriábamos de ser valentísimos, y con que decíais