suntuosamente en Lemnos, comiendo abundante carne de bueyes de erguida
cornamenta y bebiendo crateras coronadas de vino, que cada uno haría frente en la batalla
a ciento y a doscientos troyanos? Ahora ni con uno podemos, con Héctor, que pronto
pegará ardiente fuego a las naves. ¡Padre Zeus! ¿Hiciste sufrir tamaña desgracia y
privaste de una gloria tan grande a algún otro de los prepotentes reyes? Cuando vine, no
pasé de largo en la nave de muchos bancos por ninguno de tus bellos altares, sino que en
todos quemé grasa y muslos de buey, deseoso de asolar la bien murada Troya. Por Canto,
oh Zeus, cúmpleme este voto: déjanos escapar y librarnos de este peligro, y no permitas
que los troyanos maten a los aqueos.
245 Así dijo. El padre, compadecido de verle derramar lágrimas, le concedió que su
pueblo se salvara y no pereciese; y en seguida mandó un águila, la mejor de las aves
agoreras, que tenía en las garras el hijuelo de una veloz cierva y lo dejó caer al pie del ara
hermosa de Zeus, donde los aqueos ofrecían sacrificios al dios, como autor de los
presagios todos. Cuando ellos vieron que el ave había sido enviada por Zeus,
arremetieron con más ímpetu contra los troyanos y sólo en combatir pensaron.
253 Entonces ninguno de los dánaos, aunque eran muchos, pudo gloriarse de haber
revuelto sus veloces caballos para pasar el foso y resistir el ataque, antes que el Tidida.
Fue éste el primero que mató a un guerrero troyano, a Agelao Fradmónida, que, subido en
el carro, emprendía la fuga: hundióle la pica en la espalda, entre los hombros, y la punta
salió por el pecho; Agelao cayó del carro y sus armas resonaron.
261 Siguieron a Diomedes los Atridas, Agamenón y Menelao; los Ayantes, revestidos
de impetuoso valor; Idomeneo y su servidor Meriones, igual al homicida Enialio;
Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y en noveno lugar, Teucro, que, con el flexible arco en
la mano, se escondía detrás del escudo de Ayante Telamoníada. Éste levantaba el escudo;
y Teucro, volviendo el rostro a todos lados, flechaba a uno de la turba que caía
mortalmente herido, y al momento tornaba a refugiarse en Ayante (como un niño en su
madre), quien to cubría otra vez con el refulgente escudo.
273 ¿Cuál fue el primero, cuál el último de los que entonces mató el eximio Teucro?
Orsíloco el primero, Órmeno, Ofelestes, Détor, Cromio, Licofontes igual a un dios,
Amopaón Poliemónida y Melanipo. A tantos derribó sucesivamente al almo suelo. El rey
de hombres, Agamenón, se holgó de ver que Teucro destruía las falanges troyanas,
disparando el fuerte arco; y, poniéndose a su lado, le dijo:
¡Caro Teucro Telamonio, príncipe de hombres! Sigue arrojando flechas, por si
acaso llegas a ser la aurora de salvación de los dánaos y honras a to padre Telamón, que
crió cuando eras niño y te educó en su casa, a pesar de tu condición de bastardo; ya que
está lejos de aquí, cúbrele de gloria. Lo que voy a decir se cumplirá: Si Zeus, que lleva la
égida, y Atenea me permiten destruir la bien édificada ciudad de Ilio, te pondré en la
mano, como premio de honor únicamente inferior al mío, o un trípode o dos corceles con
su correspondiente carro o una mujer que comparta el lecho contigo.
292 Respondióle el eximio Teucro:
¡Gloriosísimo Atrida! ¿Por qué me instigas cuando ya, solícito, hago lo que
puedo? Desde que los rechazamos hacia Ilio mato hombres, valiéndome del arco. Ocho
flechas de larga punta tiré, y todas se clavaron en el cuerpo de jóvenes llenos de marcial
furor; pero no consigo herir a ese perro rabioso.
300 Dijo; y, apercibiendo el arco, envió otra flecha a Héctor con intención de herirlo.
Tampoco acertó, pero la saeta se clavó en el pecho del eximio Gorgitión, valeroso hijo de
Príamo y de la bella Castianira, oriunda de Esima, cuyo cuerpo al de una diosa semejaba.
Como en un jardín inclina la amapola su tallo, combándose al peso del fruto o de los