381 Dijo; y Hera, la diosa de los níveos brazos, no fue desobediente. La venerable diosa
Hera, hija del gran Crono, aprestó solícita los caballos de áureos jaeces. Y Atenea, hija de
Zeus, que lleva la égida, dejó caer al suelo el hermoso peplo bordado que ella misma
había tejido y labrado con sus manos; vistió la túnica de Zeus, que amontona las nubes, y
se armó para la luctuosa guerra. Y subiendo al flamante carro, asió la lanza ponderosa,
larga, fornida, con que la hija del prepotente padre destruye filas entenas de héroes
cuando contra ellos monta en cólera. Hera picó con el látigo a los corceles, y abriéronse
de propio impulso rechinando las puertas del cielo de que cuidan las Horas -a ellas está
confiado el espacioso cielo y el Olimpo-, para remo ver o colocar delante la densa nube.
Por allí, por entre las puertas, dirigieron aquellas deidades los corceles, dóciles al látigo.
397 El padre de Zeus, apenas las vio desde el Ida, se encendió en cólera; y al punto
llamó a Iris, la de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:
¡Anda, ve, rápida Iris! Haz que se vuelvan y no les dejes llegar a mi presencia,
porque ningún beneficio les reportará luchar conmigo. Lo que voy a decir se cumplirá:
cojaréles los briosos corceles; las derr ibaré del carro, que romperé luego, y ni en diez
años cumplidos sanarán de las heridas que les produzca el rayo, para que conozca la de
ojos de lechuza que es con su padre contra quien combate. Con Hera no me irrito ni me
encolerizo tanto, porque siempre ha solido. oponerse a cuanto digo.
409 De cal modo habló. Iris, la de los pies rápidos como el huracán, se levantó para
llevar el mensaje; descendió de los montes ideos; y, alcanzando a las diosas en la entrada
del Olimpo, en valles abundoso, hizo que se detuviesen, y les transmitió la orden de Zeus:
¿Adónde corréis? ¿Por qué en vuestro pecho el corazón se enfurece? No consiente
el Cronida que se socorra a los argivos. Ved aquí to que hará el hijo de Crono si cumple
su amenaza: Os encojará los briosos caballos, os derribará del carro, que romperá luego,
y ni en diez años cumplidos sanaréis de las heridas que os produzca el rayo; para que co-
nozcas tú, la de ojos de lechuza, que es con tu padre contra quien combates. Con Hera no
se irrita ni se encoleriza tanto, porque siempre ha solido oponerse a cuanto dice. ¡Pero tú,
temeraria, perra desvergonzada, si realmente to atrevieras a levantar contra Zeus la
formidable lanza...!
425 Cuando esto hubo dicho, fuese Iris, la de los pies ligeros; y Hera dirigió a Atenea
estas palabras:
¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! Ya no permito que por los mortales
peleemos con Zeus. Mueran unos y vivan otros, cualesquiera que fueren; y aquél sea
juez, como le corresponde, y dé a los troyanos y a los dánaos lo que su espíritu acuerde.
432 Esto dicho, torció la rienda a los solípedos caballos. Las Horas desuncieron los
corceles de hermosas crines, los ataron a pesebres divinos y apoyaron el carro en el
reluciente muro. Y las diosas, que tenían el corazón afligido, se sentaron en áureos tronos
mezcladamente con las demás deidades.
438 El padre Zeus, subiendo al carro de hermosas ruedas, guió los caballos desde el Ida
al Olimpo y llegó a la mansión de los dioses; y a11í el ínclito dios que sacude la tierra
unció los corceles, puso el carro en el estrado y lo cubrió con un velo de lino. El
largovidente Zeus tomó asiento en el áureo trono y el inmenso Olimpo tembló debajo de
sus pies. Atenea y Hera, sentadas aparte y a distancia de Zeus, nada le dijeron ni
reguntaron; mas él comprendió en su mente to que pensaban, y dijo:
¿Por qué os halláis tan abatidas, Atenea y Hera? No os habréis fatigado mucho en
la batalla, donde los varones adquieren gloria, matando troyanos, contra quienes sentís
hemente rencor. Son tales mi fuerza y mis manos invictas, que no me harían cambiar
de resolución cuantos diosés hay en el Olimpo. Pero os temblaron los hermosos
miembros antes que llegarais a ver el combate y sus terribles hechos. Diré lo que en otro