caso hubiera ocur rido: Heridas por el rayo, no hubieseis vuelto en vuestro carro al
Olimpo, donde se halla la mansión de los inmortales.
457 Así dijo. Atenea y Hera, que tenían los asientos contiguos y pensaban en causar
daño a los troyanos, mordiéronse los labios. Atenea, aunque airada contra su padre y
poseída de feroz cólera, guardó silencio y nada dijo; pero a Hera la ira no le cupo en el
pecho, y exclamó:
¡Crudelísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! Bien sabemos que es
incontrastable to poder; pero tene mos lástima de los belicosos dánaos, que morirán, y se
plirá su aciago destino. Nos abstendremos de intervenir en la lucha, si nos lo mandas,
pero sugeriremos a los argivos consejos saludables para que no perezcan todos víctimas
de tu cólera.
469 Respondióle Zeus, que amontona las nubes:
En la próxima mañana verás, si quieres, oh Hera veneranda, la de ojos de novilla,
cómo el prepotente Cronión hace gran riza en el ejército de los belicosos argivos. Y el
petuoso Héctor no dejará de pelear hasta que junto a las naves se levante el Pelida, el
de los pies ligeros, el día aquel en que combatan cerca de las popas y en estrecho espacio
por el cadáver de Patroclo. Así lo decretó el hado, y no me importa que te irrites. Aunque
lo vayas a los confines de la tierra y del mar, donde moran Jápeto y Crono, que no
disfrutan de los rayos del Sol Hiperión ni de los vientos, y se hallan rodeados por el
profundo Tártaro; aunque, errante, llegues hasta a11í, no me importará verte enojada,
porque no hay nada más impud ente que tú.
484 Así dijo; y Hera, la de los níveos brazos, nada respondió. La brillante luz del sol se
hundió en el Océano, trayendo sobre la alma tierra la noche obscura. Contrarió a los
troyanos la desaparición de la luz; mas para los aqueos llegó grata, muy deseada, la
tenebrosa noche.
489 El esclarecido Héctor reunió a los troyanos en la ribera del voraginoso Janto, lejos
de las naves, en un lugar limpio donde el suelo no aparecía cubierto de cadáveres.
Aquéllos descendieron de los carros y escucharon a Héctor, caro a Zeus, que arrimado a
su lama de once codos, cuya reluciente broncínea punta estaba sujeta por áureo anillo, así
los arengaba:
¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados! En el día de hoy esperaba volver a la
ventosa Ilio después de destruir las naves y acabar con todos los aqueos; pero nos
quedamos a obscuras, y esto ha salvado a los argivos y a las naves que tienen en la playa.
Obedezcamos ahora a la noche sombría y ocupémonos en preparar la cena; desuncid de
los carros a los corceles de hermosas crines y echadles el pasto; traed pronto de la ciudad
bueyes y pingües ovejas, y de vuestras casas pan y vino, que alegra el corazón;
amontonad abundante leña y encendamos muchas hogueras que ardan hasta que despunte
la aurora, hija de la mañana, y cuyo resplandor llegue al cielo: no sea que los melenudos
aqueos intenten huir esta noche por el ancho dorso del mar. No se embarquen tranquilos y
sin ser molestados, sino que alguno tenga que curarse en su casa una lanzada o un
flechazo recibido al subir a la nave, para que tema quien ose mover la luctuosa guerra a
los troyanos, domadores de caballos. Los heraldos, caros a Zeus, vayan a la población y
pregonen que los adolescentes y los ancianos de canosas sienes se reúnan en las torres
que fueron construidas por las deidades y circundan la ciudad; que las tímidas mujeres
enciendan grandes fogatas en sus respectivas casas, y que la guardia sea continua para
que los enemigos no entren insidiosamente en la ciudad mientras los hombres estén fuera.
Hágase como os to encargo, magnánimos troyanos. Dichas quedan las palabras que al
presente convienen; mañana os arengaré de nuevo, troyanos domadores de caballos; y
espero que, con la protección de Zeus y de las otras deidades, echaré de aquí a esos pe-