abriendo a su pie ancho y profundo foso que defiende una empalizada; mas ni con esto
puede contener el arrojo de Héctor, matador de hombres. Mientras combatí por los
aqueos, jamás quiso Héctor que la pelea se trabara lejos de la muralla; sólo llegaba a las
puertas Esceas y a la encina; y, una vez que allí me aguardó, costóle trabajo salvarse de
mi acometida. Y puesto que ya no deseo guerrear contra el divino Héctor mañana,
después de ofrecer sacrificios a Zeus y a los demás dioses, echaré al mar los cargados
bajeles, y verás, si quieres y te interesa, mis naves surcando el Helesponto, en peces
abundoso, y en ellas hombres que remarán gustosos; y, si el glorioso agitador de la tierra
me concede una navegación feliz, al tercer día llegará a la fértil Ftía. En ella dejé muchas
cosas cuando en mal hora vine y de aquí me llevaré oro, rojizo bronce, mujeres de
hermosa cintura y luciente hierro, que por suerte me tocaron; ya que el rey Agamenón
Atrida, insultándome, me ha quitado la recompensa que él mismo me diera. Decídselo
públicamente, os lo encargo, para que los demás aqueos se indignen, si con su habitual
dencia pretendiese engañar a algún otro dánao. No se atrevería, por desvergonzado
que sea, a mirarme cara a cara, con él no deliberaré ni haré cosa alguna, y, si me engañó y
ya no me embaucará más con sus palabras; séale esto bastante y corra tranquilo a
su perdición, puesto que el próvido Zeus le ha quitado el juicio. Sus presentes me son
sos, y hago tanto caso de él como de un cabello. Aunque me diera diez o veinte veces
más de lo que posee o de lo que a poseer llegare, o cuanto entra en Orcómeno, o en la
egipcia Teba, cuyas casas guardan muchas riquezas -cien puertas dan ingreso a la ciudad
y por cada una pasan diariamente doscientos hombres con caballos y carros-, o tanto,
tas son las arenas o los granos de polvo, ni aun así aplacaría Agamenón mi enojo, si
antes no me pagaba la dolorosa afrenta. No me casaré con la hija de Agamenón Atrida,
aunque en hermosura rivalice con la dorada Afrodita y en las labores compita con
Atenea, la de ojos de lechuza; ni siendo así me desposaré con ella; elija aquel otro aqueo
que le convenga y sea rey más poderoso. Si, salvándome los dioses, vuelvo a mi casa, el
mismo Peleo me buscará consorte. Gran número de aqueas hay en la Hélade y en Ftía,
hijas de príncipes que gobiernan las ciudades; la que yo quiera será mi mujer. Mucho me
aconseja mi corazón varonil que tome legítima esposa, digna cónyuge mía, y goce allá de
las riquezas adquiridas por el anciano Peleo; pues no creo que valga lo que la vida ni
cuanto dicen que se encerraba en la populosa ciudad de Ilio en tiempo de paz, antes que
vinieran los aqueos, ni cuanto contiene el lapídeo templo de Apolo, que hiere de lejos, en
la rocosa Pito. Se pueden apresar los bueyes y las pingües ovejas, se pueden adquirir los
trípodes y los tostados alazanes; pero no es posible prender ni coger el alma humana para
que vuelva, una vez ha salvado la barrera que forman los dientes. Mi madre, la diosa
Tetis, de argentados pies, dice que las parcas pueden llevarme al fin de la muerte de una
tas dos maneras: Si me quedo aquí a combatir en torno de la ciudad troyana, no
volveré a la patria tierra, pero mi gloria será inmortal; si regreso, perderé la ínclita fama,
pero mi vida será larga, pues la muerte no me sorprenderá tan pronto. Yo os aconsejo que
os embarquéis y volváis a vuestros hogares, porque ya no conseguiréis arruinar la excelsa
Ilio: el largovidente Zeus extendió el brazo sobre ella y sus hombres están llenos de
confianza. Vosotros llevad la respuesta a los príncipes aqueos -que ésta es la misión de
los legados-, a fin de que busquen otro medio de salvar las cóncavas naves y a los aqueos
que hay a su alrededor, pues aquél en que pensaron no puede emplearse mientras subsista
mi enojo. Y Fénix quédese con nosotros, acuéstese y mañana volverá conmigo a la patria
tierra, si así to desea, que no he de llevarlo a viva fuerza.
430 Así dijo, y todos enmudecieron, asombrados de oírlo; pues fue mucha la
vehemencia con que se negó. Y el anciano jinete Fénix, que sentía gran temor por las
naves aqueas, dijo después de un buen rato y saltándole las lágrimas: