Si piensas en el regreso, preclaro Aquiles, y te niegas en absoluto a defender del
voraz fuego las veleras naves, porque la ira penetró en tu corazón, ¿cómo podría quedar-
me solo y sin ti, hijo querido? El anciano jinete Peleo quiso que yo te acompañase el día
en que te envió desde Ftía a Agamenón, todavía niño y sin experiencia de la funesta gue-
rra ni del ágora, donde los varones se hacen ilustres; y me mandó que te enseñara a hablar
bien y a realizar grandes hechos. Por esto, hijo querido, no querría verme abandonado de
ti, aunque un dios en persona me prometiera rasparme la vejez y dejarme tan joven como
cuando salí de la Hélade, de lindas mujeres, huyendo de las imprecaciones de Amíntor
ménida, mi padre, que se irritó conmigo por una concubina de hermosa cabellera, a
quien amaba con ofensa de su esposa y madre mía. Ésta me suplicaba continuamente,
zando mis rodillas, que me juntara con la concubina para que aborreciese al anciano.
Quise obedecerla y lo hice; mi padre, que no tardó en conocerlo, me maldijo repetidas
veces pidió a las horrendas Erinias que jamás pudiera sentarse en sus rodillas un hijo mío,
y los dioses -el Zeus subterráneo y la terrible Perséfone -ratificaron sus imprecaciones.
[Pensé matar a mi padre con el agudo bronce; mas alguno de los inmortales calmó mi
cólera, haciendo que a mi corazón se representara la fama que tendría yo entre los
hombres y los muchos baldones que de ellos recibiría, a fin de que no fuese llamado
parricida entre los aqueos.] Desde entonces no tuve ánimo para vivir en el palacio con mi
padre enojado. Amigos y deudos querían retenerme allí y me dirigían insistentes súplicas:
aron gran copia de pingües ovejas y flexípedes bueyes de retorcidos cuernos;
pusieron a asar muchos puercos grasos sobre la llama de Hefesto; bebióse bue na parte del
vino que las tinajas del anciano contenían; y nueve noches seguidas durmieron aquéllos a
mi lado, vigilándome por turno y teniendo encendidas dos hogueras, una en el pórtico del
bien cercado patio y otra en el vestíbulo ante la puerta de la habitación. Al llegar por
décima vez la tenebrosa noche, salí del aposento rompiendo las tablas fuertemente unidas
de la puerta; salté con facilidad el muro del patio, sin que mis guardianes ni las sirvientas
lo advirtieran, y, huyendo por la espaciosa Hélade, llegué a la fértil Ftía, madre de ovejas,
a la casa del rey Peleo. Este me acogió benévolo; me amó como debe de amar un padre al
hijo unigénito que haya tenido en la vejez, viviendo en la opulencia; enriquecióme y
púsome al frente de numeroso pueblo, y desde entonces viví en un confín de la Ftía,
reinando sobre los dólopes. Y te crié hasta hacerte cual eres, oh Aquiles semejante a los
dioses, con cordial cariño; y tú ni querías it con otro al banquete, ni comer en el palacio,
hasta que, sentándote en mis rodillas, te saciaba de carne cortada en pedacitos y te
acercaba el vino. ¡Cuántas veces durante la molesta infancia me manchaste la túnica en el
pecho con el vino que devolvías! Mucho padecí y trabajé por tu causa, y, considerando
que los dioses no me habían dado descendencia, te adopté por hijo, oh Aquiles semejante
a los dioses, para que un día me librases del cruel infortunio. Pero, Aquiles, refrena tu
mo fogoso; no conviene que tengas un corazón despiadado, cuando los dioses mismos
se dejan aplacar, no obstante su mayor virtud, dignidad y poder. Con sacrificios, votos
dables, libaciones y vapor de grasa quemada los desenojan cuantos infringieron su
ley y pecaron. Pues las Súplicas son hijas del gran Zeus, y aunque cojas, arrugadas y
bizcas, cuidan de ir tras de Ofuscación: ésta es robusta, de pies ligeros, y por lo mismo se
, y, recorriendo la tierra, ofende a los hombres: y aquéllas reparan luego el daño
causado. Quien acata a las hijas de Zeus cuando se le presentan, consigue gran provecho
y es por ellas atendido si alguna vez tiene que invocarlas. Mas si alguien las desatiende y
se obstina en rechazarlas, se dirigen a Zeus Cronida y le piden que Ofuscación acompañe
siempre a aquél para que con el daño sufra la pena. Concede tú también a las hijas de
Zeus, oh Aquiles, la debida consideración, por la cual el espíritu de otros valientes se
aplacó. Si el Atrida no te brindara esos presentes, ni te hiciera otros ofrecimientos para lo