futuro, y conservara pertinazmente su cólera, no te exhortaría a que, deponiendo la ira,
socorrieras a los argivos, aunque es grande la necesidad en que se hallan. Pero te da
muchas cosas, te promete más y te envía, para que por él rueguen, varones excelentes,
escogiendo en el ejército aqueo los argivos que te son más caros. No desprecies las
palabras de éstos, ni dejes sin efecto su venida, ya que no se te puede reprender que antes
estuvieras irritado. Todos hemos oído contar hazañas de los héroes de antaño, y sabemos
que, cuando estaban poseídos de feroz cólera, eran placables con dones y exorables a los
ruegos. Recuerdo lo que pasó en cierto caso, no reciente, sino antiguo, y os lo voy a
referir a vosotros, que sois todos amigos míos. Curetes y bravos etolios combatían en tor-
no de Calidón y unos a otros se mataban, defendiendo los etolios su hermosa ciudad y
deseando los curetes asolarla por medio de Ares. Había promovido esta contienda
Ártemis, la de áureo trono, enojada porque Eneo no le dedicó los sacrificios de la siega en
el fértil campo: los otros dioses regaláronse con las hecatombes, y sólo a la hija del gran
Zeus dejó aquél de ofrecerlas, por olvido o por inadvertencia, cometiendo una gran falta.
Airada la deidad que se complace en tirar flechas, hizo aparecer un jabalí, de albos
dientes, que causó gran destrozo en el campo de Eneo, desarraigando altísimos árboles y
echándolos por tierra cuando ya con la llor prometían el fruto. Al fin lo mató Meleagro,
hijo de Eneo, ayudado por cazadores y perros de muchas ciudades -pues no era posible
vencerlo con poca gente, ¡tan corpulento era!, y ya a muchos los había hecho subir a la
e pira-, y la diosa suscitó entonces una clamorosa contienda entre los curetes y los
magnánimos etolios por la cabeza y la hirsuta piel del jabalí. Mientras Meleagro, caro a
Ares, combatió, les fue mal a los curetes, que no podían, a pesar de ser tantos, acercarse a
los muros. Pero el héroe, irritado con su madre Altea, se dejó dominar por la cólera que
perturba la mente de los más cuerdos y se quedó en el palacio con su linda esposa
Cleopatra, hija de Marpesa Evenina, la de hermosos tobillos, y de Idas, el más fuerte de
los hombres que entonces poblaban la tierra. (Atrevióse Idas a armar el arco contra el
soberano Febo Apolo, a causa de la joven de hermosos tobillos, y desde entonces
pusiéronle a Cleopatra su padre y su veneranda madre el sobrenombre de Alcíone, porque
la madre, sufriendo la suerte del sufridísimo alción, deshacíase en lágrimas mientras Febo
Apolo, que hiere de lejos, se la Ilevaba.) Retirado, pues, con su esposa, devoraba
Meleagro la acerba cólera que le causaron las imprecaciones de su madre; la cual,
acongojada por la muerte violenta de un hermano, oraba mucho a los dioses, y, puesta de
rodillas y con el seno bañado en lágrimas, golpeaba mucho el fértil suelo invocando a
Hades y a la terrible Perséfone para que dieran muerte a su hijo. Erinias, que vaga en las
tinieblas y tiene un corazón inexorable, la oyó desde el Érebo, y en seguida creció el
tumulto y la gritería ante las puertas de la ciudad, las torres fueron atacadas y los etolios
ancianos enviaron a los eximios sacerdotes de los dioses para que suplicaran a Meleagro
que saliera a defenderlos, ofreciéndole un rico presente: donde el suelo de la amena
Calidón fuera más fértil, escogería él mismo un hermoso campo de cincuenta yugadas,
mitad viña y mitad tierra labrantía. Pr esentóse también en el umbral del alto aposento el
anciano jinete Eneo; y, llamando a la puerta, dirigió a su hijo muchas súplicas. Rogáronle
asimismo muchas veces sus hermanas y su venerable madre. Pero él se negaba cada vez
más. Acudieron sus mejores y más caros amigos, y tampoco consiguieron mover su
corazón, ni persuadirlo a que no aguardara, para salir del cuarto, a que llegaran hasta él
los enemigos. Y los curetes escalaron las torres y empezaron a pegar fuego a la gran ciu-
dad. Entonces la esposa, de bella cintura, instó a Meleagro llorando y refiriéndole las
desgracias que padecen los hombres, cuya ciudad sucumbe: Matan a los varones, le
decía; el fuego destruye la ciudad, y son reducidos a la esclavitud los niños y las mujeres
de estrecha cintura. Meleagro, al oír estos males, sintió que se le conmovía el corazón; y,