669 Cuando los enviados llegaron a la tienda del Atrida, los aqueos, puestos en pie, les
sentaban áureas copas y les hacían preguntas. Y el rey de hombres, Agamenón, los
rrogó diciendo:
¡Ea! Dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos. ¿Quiere librar a las naves
del fuego enemigo, o se niega porque su corazón soberbio se halla aún dominado por la
676 Contestó el paciente divino Ulises:
¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres, Agamenón! No quiere aquél deponer la
cólera, sino que se enciende aún más su ira y te desprecia a ti y tus dones. Manda que
deliberes con los argivos cómo podrás salvar las naves y al pueblo aqueo, dice en son de
amenaza que echará al mar sus corvos bajeles, de muchos bancos, al descubrirse la nueva
rora, y aconseja que los demás se embarquen y vuelvan a sus hogares, porque ya no
conseguiréis arruinar la excelsa Ilio: el largovidente Zeus extendió el brazo sobre ella, y
sus hombres están llenos de confianza. Así dijo, como pueden referirlo éstos que fueron
conmigo: Ayante y los dos heraldos, que ambos son prudentes. El anciano Fénix se
ó allí por orden de aquél, para que mañana vuelva a la patria tierra, si así lo desea,
porque no ha de llevarle a viva fuerza.
693 Así habló, y todos callaron, asombrados de sus palabras, pues era muy grave lo que
acababa de decir. Largo rato duró el silencio de los afligidos aqueos; mas al fin exclamó
Diomedes, valiente en el combate:
¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres, Agamenón! No debiste rogar al eximio
Pelión, ni ofrecerle innumerables regalos; ya era altivo, y ahora has dado pábulo a su
bia. Pero dejémoslo, ya se vaya, ya se quede: volverá a combatir cuando el corazón
que tiene en el pecho se lo ordene y un dios le incite. Ea, obremos todos como voy a
decir. Acostaos después de satisfacer los deseos de vuestro corazón comiendo y bebiendo
vino, pues esto da fuerza y vigor. Y, cuando aparezca la hermosa Aurora de rosáceos
dedos, haz que se reúnan junto a las naves los hombres y los carros, exhorta al pueblo y
pelea en primera fila.
710 Tales fueron sus palabras, que todos los reyes aplaudieron, admirados del discurso
de Diomedes, domador de caballos. Y hechas las libaciones, volvieron a sus respectivas
tiendas, acostáronse y el don del sueño recibieron.
CANTO X
*
Dolonia
* Aqueos y troyanos espían los movimientos del contrario. Ulises y Diomedes apresan a Dolón, del que
consiguen información del campamento troyano.
1 Los príncipes aqueos durmieron toda la noche vencidos por plácido sueño; mas no
probó sus dulzuras el Atrida Agamenón, pastor de hombres, porque en su mente revolvía
s cosas. Como el esposo de Hera, la de hermosa cabellera, relampaguea cuando
prepara una lluvia torrencial, el granizo o una nevada que cubra los campos, o quiere
abrir en alguna parte la boca inmensa de la amarga guerra; así, tan frecuentemente, se
paban del pecho de Agamenón los suspiros, que salían de lo más hondo de su
corazón, a interiormente le temblaban las entrañas. Cuando fijaba la vista en el campo
troyano, pasmábanle las muchas hogueras que ardían delante de Ilio, los sones de las
y zampoñas y el bullicio de la gente; mas, cuando a las naves y al ejército aqueo la
volvía, arrancábase furioso los cabellos, alzando los ojos a Zeus, que mora en lo alto, y su
generoso corazón lanzaba grandes gemidos. Al fin, creyendo que la mejor resolución
sería acudir primeramente a Néstor Nelida, el más ilustre de los hombres, por si