respiración no le falte a mi pecho y mis rodillas se muevan. Vagando voy; pues,
preocupado por la guerra y las calamidades que padecen los aqueos, no consigo que el
dulce sueño se pose en mis ojos. Mucho temo por los dánaos; mi ánimo no está tranquilo,
sino sumamente inquieto; el corazón se me arranca del pecho y tiemblan mis robustos
miembros. Pero si quieres ocuparte en algo, ya que tampoco conciliaste el sueño, bajemos
a ver los centinelas; no sea que, vencidos del trabajo y del sueño, se hayan dormido,
dejando la guardia abandonada. Los enemigos se hallan cerca, y no sabemos si habrán
dido acometernos esta noche.
102 Contestó Néstor, caballero gerenio:
¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres, Agamenón! A Héctor no le cumplirá el
próvido Zeus todos sus deseos, como él espera; y creo que mayores trabajos habrá de pa-
decer aún, si Aquiles depone de su corazón el enojo funesto. Iré contigo y despertaremos
a los demás: al Tidida, famoso por su lanza, a Ulises, al veloz Ayante y al esforzado hijo
de Fileo. Alguien podría ir a llamar al deiforme Ayante y al rey Idomeneo, pues sus naves
no están cerca, sino muy lejos. Y reprenderé a Menelao por amigo y respetable que sea y
aunque te me enojes, y no callaré que duerme y te ha dejado a ti el trabajo. Debía
ocuparse en suplicar a los príncipes todos, pues la necesidad que se nos presenta no es
llevadera.
119 Dijo el rey de hombres, Agamenón:
¡Oh anciano! Otras veces te exhorté a que le riñeras, pues a menudo es indolente y
no quiere trabajar; no por pereza o escasez de talento, sino porque, volviendo los ojos ha-
cia mí, aguarda mi impulso. Mas hoy se levantó mucho antes que yo mismo,
presentóseme y te envié a llamar a aquéllos que acabas de nombrar. Vayamos y los
llaremos delante de las puertas con la guardia; pues a11í es donde les dije que se
reunieran.
128 Respondió Néstor, caballero gerenio:
De esta manera ninguno de los argivos se irritará contra él, ni lo desobedecerá,
cuando los exhorte o les ordene algo.
131 Apenas hubo dicho estas palabras, abrigó el pecho con la túnica, calzó los nítidos
pies con hermosas sandalias, y abrochóse un manto purpúreo, doble, amplio, adornado
con lanosa felpa. Asió la fuerte lanza, cuya aguzada punta era de bronce, y se encaminó a
las naves de los aqueos, de broncíneas corazas. El primero a quien despertó Néstor,
caballero gerenio, fue a Ulises, que en prudencia igualaba a Zeus. Llamólo gritando, y
Ulises, al llegarle la voz a los oídos, salió de la tienda y dijo:
¿Por qué andáis vagando así, por las naves y el ejército, solos, durante la noche
inmortal? ¿Qué urgente necesidad se ha presentado?
143 Respondió Néstor, caballero gerenio:
¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! No te enojes, porque es
muy grande el pesar que abruma a los aqueos. Síguenos y llamaremos a quien convenga,
para tomar acuerdo sobre si es preciso huir o luchar todavia.
148 Así dijo. El ingenioso Ulises, entrando en la tienda, colgó de sus hombros el
labrado escudo y se juntó con ellos. Fueron en busca de Diomedes Tidida, y lo hallaron
delante de su pabellón con la armadura puesta, Sus compañeros dormían alrededor de él,
con las cabezas apoyadas en los escudos y las lanzas clavadas por el regatón en tierra; el
de las puntas lucía a lo lejos como un relámpago del padre Zeus. El héroe
descansaba sobre una piel de toro montaraz, teniendo debajo de la cabeza un espléndido
tapete. Néstor, caballero gerenio, se detuvo a su lado to movió con el pie para que des-
a, y le daba prisa, increpándolo de esta manera: