nelao, famoso por su lanza; y por fin, también el sufrido Ulises quiso penetrar en el
ejército troyano, porque el corazón que tenía en el pecho aspiraba siempre a ejecutar
audaces hazañas. Y el rey de hombres, Agamenón, dijo entonces:
¡Tidida Diomedes, carísimo a mi corazón! Escoge por compañero al que quieras,
al mejor de los presentes; pues son muchos los que se ofrecen. No dejes al mejor y elijas
peor, por respeto alguno que sientas en tu alma, ni por consideración al linaje, ni
por atender a que sea un rey más poderoso.
240 Habló en estos términos, porque temía por el rubio Menelao. Y Diomedes, valiente
en la pelea, replicó:
Si me mandáis que yo mismo designe al compañe ro, ¿cómo no pensaré en el
divino Ulises, cuyo corazón y ánimo valeroso son tan dispuestos para toda suerte de
trabajos, y a quien tanto ama Palas Atenea? Con él volveríamos acá aunque nos rodearan
abrasadoras llamas, porque su pnidencia es grande.
248 Respondióle el paciente divino Ulises:
¡Tidida! No me alabes en demasía ni me vituperes, puesto que hablas a los argivos
de cosas que les son conocidas. Pero, vámonos, que la noche está muy adelantada y la
aurora se acerca; los astros han andado mucho, y la noche va ya en las dos partes de su
jornada y sólo un tercio nos resta.
254 En diciendo esto, vistieron entrambos las terribles armas. El intrépido Trasimedes
dio al Tidida una espada de dos filos -la de éste había quedado en la nave-y un escudo; y
le puso un morrión de piel de toro sin penacho ni cimera, que se llama
catétyx
y lo usan
los mancebos que se hallan en la flor de la juventud para proteger la cabeza. Meriones
curó a Ulises arco, carcaj y espada, y le cubrió la cabeza con un casco de piel que por
dentro se sujetaba con muchas y fuertes correas y por fuera presentaba los blancos dientes
de un jabalí, ingeniosamente repartidos, y tenía un mechón de lana colocado en el centro.
Este casco era el que Autólico había robado en Eleón a Amíntor Orménida, horadando la
red de su casa, y que luego dio en Escandia a Anfidamante de Citera; Anfidamante to
regaló, como presente de hospitaidad, a Molo; éste lo cedió a su hijo Meriones para que
vara, y entonces hubo de cubrir la cabeza de Ulises.
272 Una vez revestidos de las terribles armas, partieron y lejaron a11í a todos los
príncipes. Palas Atenea envióles una garza, y, si bien no pudieron verla con sus ojos,
porque la noche era obscura, oyéronla graznar a la derecha del camino. Ulises se holgó
del presagio y oró a Atenea:
¡Oyeme, hija de Zeus, que lleva la égida! Tú que me asistes en todos los trabajos y
conoces mis pasos, séme ahora propicia más que nunca, Atenea, y concede que volvamos
a las naves cubiertos de gloria por haber realizado una gran hazaña que preocupe a los
troyanos.
283 Diomedes, valiente en la pelea, oró luego diciendo:
¡Ahora óyeme también a mí, hija de Zeus! ¡Indómita! Acompáñame como
acompañaste a mi padre, el divino Tideo, cuando fue a Teba en representación de los
aqueos. Dejando a los aqueos, de broncíneas corazas, a orillas del Asopo, llevó un
agradable mensaje a los cadmeos; y a la vuelta ejecutó admirables proezas con tu ayuda,
excelente diosa, porque benévola lo socorrías. Ahora, socórreme a mí y préstame tu
amparo. E inmolaré en tu honor una ternera de un año, de frente espaciosa, indómita y no
sujeta aún al yugo, después de derramar oro sobre sus cuernos.
295 Así dijeron rogando, y los oyó Palas Atenea. Y después de rogar a la hija del gran
Zeus, anduvieron en la obscuridad de la noche, como dos leones, por el campo pues tanta
nicería se había hecho, pisando cadáveres, armas y denegrida sangre.