299 Tampoco Héctor dejaba dormir a los valientes troyanos pues convocó a todos los
próceres, a cuantos eran caudillos y príncipes de los troyanos, y una vez reunidos les
expuso una prudente idea:
¿Quién, por un gran premio, se ofrecerá a llevar a cabo la empresa que voy a
decir? La recompensa será proporcionada. Daré un carro y dos corceles de erguido
cuello, los mejores que haya en las veleras naves aqueas, al que tenga la osadía de
acercarse a las naves de ligero andar -con ello al mismo tiempo ganará gloria- y averigüe
si éstas son guardadas todavía, o los aqueos, vencidos por nuestras manos, piensan en la
huida y no quieren velar durante la noche porque el cansancio abrumador los rinde.
313 Así dijo. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos. Había entre los troyanos un
cierto Dolón, hijo del divino heraldo Eumedes, rico en oro y en bronce; era de feo aspec-
to, pero de pies ágiles, y el único hijo varón de su familia con cinco hermanas. Éste dijo
entonces a los troyanos y a Héctor:
¡Héctor! Mi corazón y mi ánimo valeroso me incitan a acercarme a las naves, de
ligero andar, para saberlo. Ea, alza el cetro y jura que me darás los corceles y el carro con
nos de bronce que conducen al eximio Pelión. No te será inútil mi espionaje, ni tus
esperanzas se verán defraudadas; pues atravesaré todo el ejército hasta llegar a la nave de
nón, que es donde deben de haberse reunido los caudillos para deliberar si huirán
o seguirán combatiendo.
328 Así dijo. Y Héctor, tomando en la mano el cetro, prestó el juramento:
Sea testigo el mismo Zeus tonante, esposo de Hera. Ningún otro troyano será
llevado por estos corceles, y tú disfrutarás perpetuamente de ellos.
332 Con tales palabras, jurando lo que no había de cumplirse, animó a Dolón. Éste, sin
perder momento, colgó del hombro el corvo arco, vistió una pelicana piel de lobo, cubrió
la cabeza con un morrión de piel de comadreja, tomó un puntiagudo dardo, y, saliendo
del ejército, se encaminó a las naves, de donde no había de volver para darle a Héctor la
noticia. Pues ya había dejado atrás la multitud de carros y hombres, y andaba animoso
por el camino, cuando Ulises, del linaje de Zeus, advirtiendo que se acercaba a ellos,
habló así a Diomedes:
Ese hombre, Diomedes, viene del ejército; pero ignoro si va como espía a nuestras
naves o intenta despojar algún cadáver de los que murieron. Dejemos que se adelante un
poco más por la llanura, y echándonos sobre él lo cogeremos fácilmente; y si en correr
nos aventajase, apártalo del ejército, acometiéndolo con la lanza, y persíguelo siempre
cia las naves, para que no se guarezca en la ciudad.
349 Dichas estas palabras, tendiéronse entre los muertos, fuera del camino. El incauto
Dolón pasó con pie ligero. Mas, cuando estuvo a la distancia a que se extienden los
surcos de las mulas - éstas son mejores que los bueyes para tirar de un sólido arado en
tierra noval-, Ulises y Diomedes corrieron a su alcance. Dolón oyó ruido y se detuvo,
creyendo que algunos de sus amigos venían del ejército troyano a lla marlo por encargo de
Héctor. Pero así que aquéllos se hallaron a tiro de lanza o más cerca aún, conoció que
eran enemigos y puso su diligencia en los pies huyendo, mientras ellos se lanzaban a
perseguirlo. Como dos perros de agudos dientes, adiestrados para cazar, acosan en una
selva a un cervato o a una liebre que huye chillando delante de ellos, del mismo modo el
Tidida y Ulises, asolador de ciudades, perseguían constantemente a Dolón después que
lograron apartarlo del ejército. Ya en su fuga hacia las naves iba el troyano a topar con
los guardias, cuando Atenea dio fuerzas al Tidida para que ninguno de los aqueos, de
broncíneas corazas, se le adelantara y pudiera jactarse de haber sido el primero en herirlo
y él llegase después. El fuerte Diomedes arremetió a Dolón, con la lanza, y le gritó: