515 Apolo, que lleva arco de plata, estaba en acecho desde que advirtió que Atenea
acompañaba al hijo de Tideo; e, indignado contra ella, entróse por el ejército de los
troyanos y despertó a Hipocoonte, valeroso caudillo tracio y sobrino de Reso. Como
Hipocoonte, recordando del sueño, viera vacío el lugar que ocupaban los caballos y a los
hombres horriblemente heridos y palpitantes todavía, comenzó a lamentarse y a llamar
por su nombre al querido compañero. Y pronto se promovió gran clamoreo a inmenso
tumulto entre los troyanos, que acudían en tropel y admiraban la peligrosa aventura a que
unos hombres habían dado cima, regresando luego a las cóncavas naves.
526 Cuando ambos héroes llegaron al sitio en que habían dado muerte al espía de
Héctor, Ulises, caro a Zeus, detuvo los veloces caballos; y el Tidida, apeándose, tomó los
tos despojos que puso en las manos de Ulises, volvió a montar y picó a los corceles.
Éstos volaron gozosos hacia las cóncavas naves, pues a ellas deseaban llegar. Néstor fue
el primero que oyó las pisadas de los caballos, y dijo:
¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Me engañaré o será verdad lo
que voy a decir? El corazón me ordena hablar. Oigo pisadas de caballos de pies ligeros.
lá Ulises y el fuerte Diomedes trajeran del campo troyano solípedos corceles; pero
mucho temo que a los más valientes argivos les haya ocurrido algún percance en el
ejército troyano.
540 Aún no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando aquéllos llegaron y
echaron pie a tierra. Todos los saludaban alegremente con la diestra y con afectuosas
palabras. Y Néstor, caballero gerenio, les preguntó el primero:
¡Ea, dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos! ¿Cómo hubisteis estos
caballos: penetrando en el ejército troyano, o recibiéndolos de un dios que os salió al
camino? Muy semejantes son a los rayos del sol. Siempre entro por las filas de los
troyanos; pues, aunque anciano, no me quedo en las naves, y jamás he visto ni advertido
tales corceles. Supongo que los habréis recibido de algún dios que os salió al encuentro,
pues a entrambos os aman Zeus, que amontona las nubes, y su hija Atenea, la de ojos de
554 Respondióle el ingenioso Ulises:
¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Fácil le sería a un dios, si quisiera,
dar caballos mejores aún que éstos, pues su poder es muy grande. Los corceles por los
que preguntas, anciano, llegaron recientemente y son tracios: el valiente Diomedes mató
al dueño y a doce de sus compañeros, todos aventajados. Y cerca de las naves dimos
te al decimotercio, que era un espía enviado por Héctor y otros troyanos ilustres a
explorar este campamento.
564 De este modo habló; y muy ufano, hizo que los solípedos caballos pasaran el foso,
y los demás aqueos siguiéronlo alborozados. Cuando estuvieron en la hermosa tienda del
Tidida, ataron los corceles con bien cortadas correas al pesebre, donde los caballos de
Diomedes comían el trigo dulce como la miel. Ulises dejó en la popa de su nave los
tos despojos de Dolón, para guardarlos hasta que ofrecieran un sacrificio a Atenea.
Ambos entraron en el mar y se lavaron el abundante sudor de sus piernas, cuello y
muslos. Cuando las olas les hubieron limpiado el abundante sudor del cuerpo y recreado
el corazón, metiéronse en pulimentadas pilas y se bañaron. Lavados ya y ungidos con
craso aceite, sentáronse a la mesa, y, sacando de una rebosante cratera vino dulce como la
miel, en honor de Atenea to libaron.