CANTO XI*
Principalía de Agamenón
* En la batalla entre aqueos y troyanos, aquéllos llevan la peor parte: Agamenón, Diomedes y Ulises
resultan heridos. Ante la clara vent aja de los troyanos, Aquiles envía a Patroclo junto a Néstor.
1 La Aurora se levantaba del lecho, dejando al ilustre Titono, para llevar la luz a los
dioses y a los hombres, cuando, enviada por Zeus, se presentó en las veleras naves aqueas
la cruel Discordia con la señal del combate en la mano. Subió la diosa a la ingente nave
negra de Ulises, que estaba en medio de todas, para que lo oyeran por ambos lados hasta
las tiendas de Ayante Telamonio y de Aquiles; los cuales habían puesto sus bajeles en los
extremos, porque confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Desde a11í daba
aquélla grandes, agudos y horrendos gritos, y ponía mucha fortaleza en el corazón de
todos los aqueos, a fin de que pelearan y combatieran sin descanso. Y pronto les fue más
agradable batallar que volver a la patria tierra en las cóncavas naves.
15 El Atrida alzó la voz mandando que los argivos se apercibiesen, y él mismo vistió la
armadura de luciente bronce. Púsose en torno de las piernas hermosas grebas sujetas con
ches de pláta, y cubrió su pecho con la coraza que Ciniras le había dado por presente
de hospitalidad. Porque hasta Chipre habíá llegado la noticia de que los aqueos se embar-
caban para Troya, y Ciniras, deseoso de complacer al rey, le dio esta córaza que tenía
diez filetes de pavonado acero, doce de oro y veinte de estaño, y a cada lado tres cerúleos
nes erguidos hacia el cuello y semejantes al iris que el Cronión fija en las nubes
como señal para los hombres dotados de palabra. Luego, el rey colgó del hombro la
espada, en la que relucían áureos clavos, con su vaina de plata sujeta por tirantes de oro.
Embrazó después el labrado escudo, fuerte y hermoso, de la altura de un hombre, que
presentaba diez círculos de bronce en el contorno, tenía veinte bollos de blanco estaño y
en el centro uno de negruzco acero, y lo coronaba Gorgona, de ojos horrendos y torva
vista, con el Terror y la Fuga a los lados. Su correa era argentada, y sobre la misma
enroscábase cerúleo dragón de tres cabezas entrelazadas, que nacían de un solo cuello.
Cubrió en seguida su cabeza con un casco de doble cimera, cuatro abolladuras y penacho
de crines de caballo, que al ondear en to alto causaba pavor; y asió dos fornidas lanzas de
aguzada broncínea punta, cuyo brillo llegaba hasta el cielo. Y Atenea y Hera tronaron en
las alturas para honrar al rey de Micenas, rica en oro.
47 Cada cual mandó entonces a su auriga que tuviera dispuestos el carro y los corceles
junto al foso; salieron todos a pie y armados, y levantóse inmenso viento antes que la au-
rora despuntara. Delante del foso ordenáronse los infantes, y a éstos siguieron de cerca
los que combatían en carros. Y el Cronida promovió entre ellos funesto tumulto y dejó
caer desde el éter sanguinoso rocío porque había de precipitar al Hades a muchas y
valerosas almas.
56 Los troyanos pusiéronse también en orden de batalla en una eminencia de la llanura,
alrededor del gran Héctor, del eximio Polidamante, de Eneas, honrado como un dios por
el pueblo troyano, y de los tres Antenóridas: Pólibo, el divino Agenor y el joven
Acamante, que parecía un inmortal. Héctor, armado de un escudo liso, llegó con los
primeros combatientes. Cual astro funesto, que unas veces brilla en el cielo y otras se
oculta detrás de las pardas nubes; así Héctor, ya aparecía entre los delanteros, ya se
mostraba entre los últimos, siempre dando órdenes y brillando por la armadura de bronce
como el relámpago del padre Zeus, que lleva la égida.
67 Como los segadores caminan en direcciones opuestas por los surcos de un campo de
trigo o de cebada de un hombre opulento, y los manojos de espigas caen espesos, de la
ma manera, troyanos y aqueos se acometían y mataban, sin pensar en la perniciosa