los brazos y la cabeza, que tiró, haciendola rodar como un montero, por entre las filas. El
Atrida dejó a éstos, y seguido de otros aqueos, de hermosas grebas, fuese derecho al sitio
donde más falanges, mezclándose en montón confuso, combatían. Los infantes mataban a
los infantes, que se veían obligados a huir; los que combatían desde el carro daban muerte
con el bronce a los enemigos que así peleaban, y a todos los envolvía la polvareda que en
la llanura levantaban con sus sonoras pisadas los caballos. Y el rey Agamenón iba
siempre adelante, matando troyanos y animando a los argivos. Como al estallar voraz
incendio en un boscaje, el viento hace oscilar las llamas y to propaga por todas partes, y
los arbustos ceden a la violencia del fuego y caen con sus mismas raíces, de igual manera
caían las cabezas de los troyanos puestos en fuga por Agamenón Atrida, y muchos
caballos de erguido cuello arrastraban con estrépito por el campo los carros va cíos y
echaban de menos a los eximios conductores; pero éstos, tendidos en tierra, eran ya más
gratos a los buitres que a sus propias esposas.
163 A Héctor, Zeus le sustrajo de los tiros, el polvo, la ma tanza, la sangre y el tumulto;
y el Atrida iba adelante, exhortando vehementemente a los dánaos. Los troyanos corrían
por la llanura, deseosos de refugiarse en la ciudad, y ya habían dejado a su espalda el
sepulcro del antiguo Ilo Dardánida y el cabrahígo; y el Atrida les seguía al alcance,
vociferando, con las invictas manos llenas de polvo y sangre. Los que primero llegaron a
las puertas Esceas y a la encina detuviéronse para aguardar a sus compañeros, los cuales
huían por la llanura como vacas aterrorizadas por un león que, presentándose en la
obscuridad de la noche, da cruel muerte a una de ellas, rompiendo su cerviz con los
fuertes dientes y tragando su sangre y sus entrañas; del mismo modo el rey Agamenón
Atrida perseguía a los troyanos, matando al que se rezagaba, y ellos huían espantados. El
Atrida, manejando la lanza con gran furia, derribó a muchos, ya de pechos, ya de
espaldas, de sus respectivos carros. Mas cuando le faltaba poco para llegar al alto muro
de la ciudad, el padre de los hombres y de los dioses bajó del cielo con el relámpago en la
mano, se sentó en una de las cumbres del Ida, abundante en manantiales, y llamó a Iris, la
de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:
¡Anda, ve, rápida Iris! Dile a Héctor estas palabras: Mientras vea que Agamenón,
pastor de hombres, se agita entre los combatientes delanteros y destroza filas de hombres,
retírese y ordene al pueblo que combata con los enemigos en la encarnizada batalla. Mas
así que aquél, herido de lanza o de flecha, suba al carro, le daré fuerzas para matar ene-
migos hasta que llegue a las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la
sagrada noche.
195 Así dijo; y la veloz Iris, de pies ligeros como el viento, no dejó de obedecerlo.
Descendió de los montes ideos a la sagrada Ilio, y, hallando al divino Héctor, hijo del
belicoso Príamo, de pie en el sólido carro, se detuvo a su lado, y le habló de esta manera:
¡Héctor, hijo de Príamo, que en prudencia igualas a Zeus! El padre Zeus me
manda para que te diga lo siguiente: Mientras veas que Agamenón, pastor de hombres, se
ta entre los combatientes delanteros y destroza sus filas, retírate de la lucha y ordena al
pueblo que combata con los enemigos en la encarnizada batalla. Mas así que aquél, heri-
do de lanza o de flecha, suba al carro, te dará fuerzas para matar enemigos hasta que
llegues a las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la sagrada noche.
210 Cuando Iris, la de los pies ligeros, hubo dicho esto, se fue. Héctor saltó del carro al
suelo sin dejar las armas; y, blandiendo afiladas picas, recorrió el ejército, animóle a
luchar y promovió una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara a los aqueos para
embestirlos; los argivos, por su parte, cerraron las filas de las falanges; reanudóse el
combate, y Agamenón acometió el primero, porque deseaba adelantarse a todos en la