gó al hermoso cutis por impedírselo el casco de tres dobleces y agujeros a guisa de
ojos, regalo de Febo Apolo. Héctor entonces retrocedió un buen trecho, y, penetrando por
ba, cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el suelo y obscura noche cubrió sus
ojos. Mientras el Tidida atravesaba las primeras filas para recoger la lanza que en el suelo
se había clavado, Héctor tornó en su sentido, subió de un salto al carro, y, dirigiéndolo
por en medio de la multitud, evitó la negra muerte. Y el fuerte Diomedes, que lanza en
mano lo perseguía, exclamó:
¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdición, pero
te salvó Febo Apolo, a quien debes de rogar cuando sales al campo antes de oír el
estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde to encuentro y un dios me
ayuda. Y ahora perseguiré a los demás que se me pongan al alcance.
368 Dijo; y empezó a despojar el cadáver del Peónida, famoso por su lanza. Pero
Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que se apoyaba en una columna
pulcro de Ilo Dardánida, antiguo anciano honrado por el pueblo, armó el arco y lo
asestó al hijo de Tideo, pastor de hombres. Y mientras éste quitaba al cadáver del
valeroso Agástrofo la labrada coraza, el manejable escudo de debajo del pecho y el
pesado casco, aquél tiró del arco y disparó; y la flecha no salió inútilmente de su mano,
sino que le atravesó al héroe el empeine del pie derecho y se clavó en tierra. Alejandro
salió de su escondite, y con grande y regocijada risa se gloriaba diciendo:
Herido estás; no se perdió el tiro. Ojalá que, acertándote en un ijar, lo hubiese
quitado la vida. Así los troyanos tendrían un desahogo en sus males, pues te temen como
al león las baladoras cabras.
384 Sin turbarse le respondió el fuerte Diomedes:
¡Flechero, insolente, experto sólo en manejar el arco, mirón de doncellas! Si frente
a frente midieras conmigo las armas, no te valdría el arco ni las abundantes flechas.
Ahora te alabas sin motivo, pues sólo me rasguñaste el empeine del pie. Tanto me cuido
de la herida como si una mujer o un insipiente niño me la hubiese causado, que poco
duele la flecha de un hombre vil y cobarde. De otra clase es el agudo dardo que yo arrojo:
por poco que penetre deja exánime al que to recibe, y la mujer del muerto desgarra sus
mejillas, sus hijos quedan huérfanos, y el cadáver se pudre enrojeciendo con su sangre la
tierra y teniendo a su alrededor más aves de rapiña que mujeres.
396 Así dijo. Ulises, famoso por su lanza, acudió y se le puso delante. Diomedes se
rancó del pie la aguda flecha y un dolor terrible recorrió su cuerpo. Entonces
subió al carro y con el corazón afligido mandó al auriga que lo llevase a las cóncavas
401 Ulises, famoso por su lanza, se quedó solo; ningún argivo permaneció a su lado,
porque el terror los poseía a todos. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu así le hablaba:
¡Ay de mí! ¿Qué me ocurrirá? Muy malo es huir, temiendo a la muchedumbre, y
peor aún que me cojan quedándome solo, pues a los demás dánaos el Cronión los puso en
fuga. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? Sé que los cobardes huyen
del combate, y quien descuella en la batalla debe mantenerse firme, ya sea herido, ya a
otro hiera.
411 Mientras revolvía tales pensamientos en su mente y en su corazón, llegaron las
huestes de los escudados troyanos, y, rodeándole, su propio mal entre ellos encerraron.
Como los perros y los florecientes mozos cercan y embisten a un jabalí que sale de la
espesa selva aguzando en sus corvas mandíbulas los blancos colmillos, y aunque la fiera
cruja los dientes y aparezca terrible, resisten firmemente; así los troyanos acometían
entonces por todos lados a Ulises, caro a Zeus. Mas él dio un salto y clavó la aguda pica
en un hombro del eximio Deyopites; mató luego a Toón y a Ennomo; alanceó en el