ombligo por debajo del cóncavo escudo a Quersidamante, que se apeaba del carro y cayó
en el polvo y cogió el suelo con las manos; y, dejándolos a todos, envasó la lanza a
Cárope Hipásida, hermano carnal del noble Soco. Éste, que parecía un dios, vino a
defenderlo, y, deteniéndose cerca de Ulises, hablóle de este modo:
¡Célebre Ulises, varón incansable en urdir engaños y en trabajar! Hoy, o podrás
gloriarte de haber muerto y despojado de las armas a ambos Hipásidas, o perderás la vida,
herido por mi lanza.
434 Cuando esto hubo dicho, le dio un bote en el liso escudo: la fornida lanza atravesó
el luciente escudo, clavóse en la labrada coraza y levantó la piel del costado; pero Palas
nea no permitió que llegara a las entrañas del varón. Entendió Ulises que por el sitio
la herida no era mortal, y retrocediendo dijo a Soco estas palabras:
¡Ah infortunado! Grande es la desgracia que sobre ti ha caído. Lograste que cesara
de luchar con los troyanos, pero yo te digo que la perdición y la negra muerte te
alcanzarán hoy; y, vencido por mi lanza, me darás gloria, y a Hades, el de los famosos
corceles, el alma.
446 Dijo, y como Soco se volviera para huir, clavóle la lanza en el dorso, entre los
hombros, y le atravesó el pecho. El guerrero cayó con estrépito, y el divino Ulises se
jactó de su obra:
¡Oh Soco, hijo del aguerrido Hípaso, domador de caballos! Te sorprendió la
muerte antes de que pudieses evitarla. ¡Ah mísero! A ti, una vez muerto, ni el padre ni la
anda madre te cerrarán los ojos, sino que te desgarrarán las carnívoras aves
cubriéndote con sus tupidas alas; mientras que a mí, si muero, los divinos aqueos me
harán honras fúnebres.
456 Así diciendo, arrancó de su cuerpo y del abollonado escudo la inge nte lanza que
Soco le había arrojado; brotó la sangre y afligióle el corazón. Los magnánimos troyanos,
al ver la sangre, se exhortaron mutuamente entre la turba y embistieron todos a Ulises, y
éste retrocedió, llamando a voces a sus compañeros. Tres veces gritó cuanto un varón
puede ha cerlo a voz en cuello; tres veces Menelao, caro a Ares, to oyó, y al punto dijo a
Ayante, que estaba a su lado:
¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, príncipe de hombres! Oigo la voz del
paciente Ulises como si los troyanos, habiéndole aislado en la terrible lucha, lo estuviesen
sando. Acudámosle, abriéndonos calle por la turba, pues lo mejor es llevarle socorro.
Temo que a pesar de su valentía le suceda alguna desgracia solo entre los troyanos, y que
pués los dánaos te echen muy de menos.
47z Así diciendo, partió y siguióle Ayante, varón igual a un dios. Pronto dieron con
Ulises, caro a Zeus, a quien los troyanos acometían por todos lados como los rojizos cha -
cales circundan en el monte a un cornígero ciervo he rido por la flecha que un hombre le
disparó con el arco -sálvase el ciervo, merced a sus pies, y huye en tanto que la sangre
está caliente y las rodillas ágiles; póstralo luego la veloz saeta, y, cuando carnívoros
chacales lo despedazan en la espesura de un monte, trae la fortuna un voraz león que,
dispersando a los chacales, devora a aquél-; así entonces muchos y robustos troyanos
arremetían al aguerrido y sagaz Ulises; y el héroe, blandiendo la pica, apartaba de sí la
cruel muerte. Pero llegó Ayante con su escudo como una torre, se puso al lado de Ulises
y los troyanos se espantaron y huyeron a la desbandada. Y el marcial Menelao, asiendo
de la mano al héroe, sacólo de la turba mientras el escudero acercaba el carro.
489 Ayante, acometiendo a los troyanos, mató a Doriclo, hijo bastardo de Príamo, a
hirió a Pándoco, Lisandro, Píraso y Pilartes. Como el hinchado torrente que acreció la
lluvia de Zeus baja rebosante por los montes a la llanura, arrastra muchos pinos y encinas
secas, y arroja al mar gran cantidad de cieno, así entonces el ilustre Ayante desordenaba y