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El proceso
Franz Kafka
el pecho, se alisó el pelo, pasó al lado de los tres señores, dijo «esto es absurdo», por lo que
éstos se volvieron y le contemplaron con amabilidad, pero serios, y, finalmente, se paró ante
la mesa del supervisor.
––El fiscal Hasterer es un buen amigo mío ––dijo––, ¿le puedo llamar por teléfono?
––Por supuesto ––dijo el supervisor––, pero no sé qué sentido podría tener hacerlo, a no
ser que quisiera hablar con él de algún asunto particular.
––¿Qué sentido? ––gritó K, más confuso que enojado––. ¿Pero, entonces, quién es usted?
Usted pretende encontrar algún sentido y procede de la manera más absurda. Esto es para
volverse loco. Estos señores me han asaltado y ahora están aquí sentados o pasean alrededor
y me obligan a comparecer ante usted como si fuera un colegial. ¿Qué sentido tendría llamar
a un fiscal si, como indican las apariencias, estoy detenido? Bien, no llamaré por teléfono.
––Pero hágalo ––dijo el supervisor, y extendió la mano en dirección al recibidor, donde
estaba el teléfono––, por favor, llame.
––No, ya no quiero ––dijo K, y se acercó a la ventana. Desde allí podía ver a las personas
de enfrente, quienes ahora, al ver aparecer a K en la ventana, se sintieron algo perturbadas en
su papel de tranquilos espectadores. Los ancianos querían levantarse, pero el hombre que
estaba detrás de ellos los tranquilizó.
––¡Allí hay unos mirones! ––gritó K hacia el supervisor y los señaló con el dedo––. ¡Fuera
de ahí!
Los tres retrocedieron inmediatamente unos pasos, los dos ancianos se colocaron, incluso,
detrás del hombre, que con su ancho cuerpo los tapaba. Por los movimientos de su boca se
podía deducir que estaba diciendo algo, aunque incomprensible desde la distancia. Pero no
llegaron a desaparecer del todo, más bien parecían esperar el instante en que pudieran
acercarse a la ventana sin ser notados.
––¡Gente impertinente y desconsiderada! ––dijo K al volverse hacia la habitación. El
supervisor probablemente asintió, al menos así lo creyó K al dirigirle una mirada de soslayo.
Aunque también era posible que no hubiera escuchado, pues había extendido una de sus
manos en la mesa y parecía comparar los dedos. Los dos vigilantes estaban sentados en un
baúl cubierto con un paño decorativo y frotaban sus rodillas. Los tres jóvenes habían
colocado las manos en las caderas y miraban alrededor sin fijarse en nada. Había un silencio
como el que reina en una oficina vacía.
––Bien, señores ––dijo K, pues le pareció que él era quien lo soportaba todo sobre sus
hombros––, de su actitud se puede deducir que han concluido con mi asunto. Soy de la
opinión de que lo mejor sería no pensar más sobre si su actuación está justificada o no y
terminar el caso reconciliados, con un apretón de manos. Si comparten mi opinión,
entonces, por favor… ––y se acercó a la mesa del supervisor alargándole la mano.
El supervisor elevó la mirada, se mordió el labio y miró la mano extendida de K. Aún creía
K que el supervisor la estrecharía, pero éste se levantó, cogió un sombrero que estaba sobre