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El proceso
Franz Kafka
––Bien, ya he visto cómo es esto; ahora quisiera irme.
––Pero aún no lo ha visto todo ––dijo el ujier con naturalidad.
––Tampoco lo quiero ver todo ––dijo K, que realmente se sentía cansado––. Quiero irme,
¿cómo se llega a la salida?
––¿No se habrá perdido? ––dijo el ujier asombrado––. Vaya hasta la esquina, luego tuerza
a la derecha, atraviese el corredor y encontrará la puerta.
––Venga conmigo ––dijo K––. Muéstreme el camino, si no me perderé, aquí hay tantos
pasillos…
––Sólo hay un camino ––dijo el ujier ahora lleno de reproches––. No puedo regresar con
usted; tengo que llevar un recado y ya he perdido mucho tiempo por su culpa.
––¡Acompáñeme! ––repitió K, esta vez con un tono más cortante, como si hubiera
descubierto al ujier en una mentira.
––No grite así ––susurró el ujier––, todo esto está lleno de despachos. Si no quiere
regresar solo, acompáñeme un trecho o espéreme aquí hasta que haya cumplido mi encargo,
entonces le acompañaré encantado.
––No, no ––dijo K––, no esperaré aquí, y usted vendrá ahora conmigo.
K no había mirado en torno suyo para comprobar dónde se hallaba, sólo ahora, cuando
una de las muchas puertas que le rodeaban se abrió, miró a su alrededor. Una muchacha, que
había salido al oír el tono elevado de K, le preguntó:
––¿Qué desea el señor?
Detrás, en la lejanía, se podía ver en la semioscuridad a un hombre que se aproximaba. K
miró al ujier. Éste había dicho que nadie se fijaría en K y ahora venían dos personas, poco
más se necesitaba para que todos los funcionarios se fijasen en él y pidieran una explicación
de su presencia. La única explicación comprensible y aceptable era hacer valer su condición
de acusado: podía aducir que quería conocer la fecha de su próximo interrogatorio, pero ésa
era precisamente la explicación que no quería dar, sobre todo porque no era toda la verdad,
pues sólo había venido por pura curiosidad o, lo que era imposible de aducir como
explicación, para comprobar que el interior de esa justicia era tan repugnante como el
exterior. Y parecía que con esa suposición tenía razón, no quería adentrarse más, ya se había
deprimido lo suficientemente con lo que había visto. Ahora no estaba en condiciones de
encontrarse con un funcionario superior, como el que podía surgir detrás cada puerta; quería
irse y, además, con el ujier, o solo si no había gira manera
.
Pero quedarse allí mudo sería llamativo y, en realidad, la muchacha y el ujier ya le miraban
cómo si se estuviera produciendo en él una extraña metamorfosis que no querían perderse
de ningún modo. Y en la puerta estaba el hombre que K había visto en la lejanía: se mantenía
aferrado a la parte de arriba del umbral y se balanceaba ligeramente sobre las puntas de los
pies, como un espectador impaciente. La muchacha, sin embargo, fue la primera en