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para nosotros, sino para todo el mundo, y hablamos de la belleza como si
esta fuera una cualidad de las cosas. También si digo que la cosa es bella,
pretendo hallar de acuerdo consigo a los demás en este juicio de
satisfacción, no es que yo haya reconocido muchas veces este acuerdo,
sino que creo poder exigirlo de ellos. No se puede decir aquí que cada
uno tiene su gusto particular. Esto quiere decir, que en este caso no hay
gusto; es decir, que no hay juicio estético que pueda legítimamente
reclamar el asentimiento universal.
Nosotros hallamos, sin embargo, que aun respecto al sujeto de lo
agradable, puede haber cierto acuerdo entre los juicios de los hombres; en
atención a este acuerdo es por lo que rehusamos el gusto a algunos y lo
concedemos a otros, no considerándolo solamente como un sentido
orgánico, sino como una facultad de juzgar de lo agradable en general.
Así se dice de un hombre que sabe distraer a sus conciudadanos con toda
especie de encantos (de placeres), que tiene gusto. Pero todo esto se hace
aquí, por vía de comparación, y no se puede hallar más que reglas
generales (como todas las reglas empíricas), y no reglas universales,
como aquellas a las que puede apelar el juicio del gusto, tratándose de lo
bello. Esta especie de juicios son relativos a la sociabilidad en tanto que
esta descansa sobre reglas empíricas. Relativamente a lo bueno, nuestros
juicios tienen también, el derecho de pretender un valor universal; pero lo
bueno no se representa como el objeto de una satisfacción universal más
que por un concepto, lo que no es cierto de lo agradable ni de lo bello.
§ VIII La universalidad de la satisfacción es representada en el
juicio del gusto como simplemente subjetiva
El carácter particular de universalidad que tienen ciertos juicios
estéticos, los juicios del gusto, es una cosa digna de notarse, si no por la
lógica, al menos por la filosofía trascendental: no es sin mucha pena
como esta puede descubrir el origen de dicha universalidad, pero también
descubre por esto una propiedad de nuestra facultad de conocer, que sin
este trabajo de análisis hubiera quedado ignorada. Hay una verdad de la
cual es necesario convencerse bien antes de todo. Un juicio del gusto
(tratándose de lo bello) exige de cada uno la misma satisfacción, sin
fundarse en un concepto (porque entonces se trataría de lo bueno); y este
derecho a la universalidad es tan esencial para el juicio en que
declaramos una cosa bella, que si no lo concibiéramos, no nos vendría
jamás al pensamiento el emplear esta expresión; nosotros referiríamos
entonces a lo agradable todo lo que nos agradara sin concepto; porque
tratándose de lo agradable, cada uno se deja llevar de su humor y no
exige que los demás vengan de acuerdo con él en su juicio del gusto,
como sucede siempre al sujeto de un juicio del gusto sobre belleza. La
primera especie de gusto puede llamarse gusto del los sentidos; la
segunda, gusto de reflexión; la primera produce los juicios simplemente
individuales, en la segunda se suponen universales (públicos); pero
ambas clases de juicios son estéticos (no prácticos), es decir, juicios en
que no se considera más que la relación de la representación del objeto
con el sentimiento de placer o de pena. Por lo que, existe aquí algo de
sorprendente; de un lado relativamente al gusto de los sentidos, no solo la
experiencia nos muestra que nuestros juicios (en los cuales referimos un
placer o una pena a alguna cosa), no tienen un valor universal, sino que
naturalmente nadie piensa en exigir el asentimiento de otro (bien que en
el hecho se halla muchas veces también para estos juicios un acuerdo
bastante general); y de otro lado el gusto, de reflexión, que muchas veces
como muestra la experiencia, no puede conseguir que se acepte la
pretensión de sus juicios (sobre lo bello) acerca de la universalidad,
puede sin embargo mirar cosa posible (lo que realmente hace), el formar
juicios que tengan derecho para exigir esta universalidad, y en el hecho la
exige para cada uno de ellos; y el desacuerdo entre los mismos que
juzgan no recae sobre la posibilidad de este derecho, sino sobre la
aplicación que se hace en los casos particulares.
Notamos aquí desde luego, que una universalidad que descansa sobre
conceptos del objeto (no sobre conceptos empíricos), no es lógica sino
estética; es decir, no contiene cuantidad objetiva, sino solamente
cuantidad subjetiva; yo me valgo para designar esta última especie de
cuantidad de la expresión valor común, lo cual significa el valor que para