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—Nunca me preguntan nada sobre el lenguaje.
Le estoy enormemente agradecido por la respuesta. Yo entonces llevaba
más de un año dándole vueltas a la idea de hacer un librito sobre la escritura,
pero no acababa de lanzarme por falta de confianza en mis motivaciones. ¿Por
que tantas ganas de escribir sobre el acto de escribir? ¿A santo de qué me creía
capaz de decir algo interesante?
La respuesta fácil es que alguien que ha vendido tantas novelas como yo
tiene que tener alguna opinión interesante sobre su elaboración, pero las
respuestas fáciles no siempre son verdad. El coronel Sanders vendió
cantidades ingentes de pollo frito, pero no estoy muy seguro de que le interese
a nadie saber cómo lo hacía. Yo tenía la sensación de que querer explicarle a
la gente cómo se escribe era una impertinencia demasiado grande. Lo diré de
otra manera: no quería escribir algo, corto o largo, que me diera la sensación
de ser un charlatán literario o un gilipollas trascendental. No, gracias; de esos
libros (y escritores) hay ya bastantes en el mercado.
Amy sin embargo, tenía razón: nunca te preguntan por el lenguaje. A un
DeLillo, un Updike, un Styron, sí, pero no a los novelistas de gran público.
Lástima, porque en la plebe también nos interesa el idioma, aunque sea de una
manera más humilde, y sentimos autentica pasión por el arte y el oficio de
contar historias mediante la letra impresa. Las páginas siguientes pretenden
explicar con brevedad y sencillez mi ingreso en el oficio, lo que he aprendido
acerca de él y sus características. Trata del oficio con que me gano la vida.
Trata del lenguaje.
Se lo dedico a Amy Tan, que me dijo con palabras sencillas y directas
que valía la pena escribirlo.