9
Me impresionó mucho The Liars’s Club, la autobiografía de Mary Karr.
Me impresionó por su virulencia, su hermosura y su dominio exquisito del
lenguaje coloquial, pero también me impresionó por su totalidad. La autora lo
recuerda todo sobre su infancia.
No es mi caso. Yo tuve una infancia muy rara, con una madre soltera
que al principio viajaba mucho, y que durante una temporada (aunque no
estoy completamente seguro) quizá nos dejara a mi hermano y a mí al cuidado
de una hermana suya porque no estaba en situación anímica de ocuparse de
nosotros. Otra posibilidad es que sólo lo hiciera para perseguir a mi padre, que
a mis dos años (cuatro, en el caso de mi hermano David), habiendo acumulado
una montaña de deudas, se despidió a la francesa. Si es así, no tuvo éxito en su
búsqueda. Mi madre, Nellie Ruth Pilisbury King, fue una de las primeras
mujeres liberadas de Estados Unidos, pero no porque quisiera.
Mary Karr presenta su infancia como un panorama casi ininterrumpido.
La mía es un paisaje de niebla, de donde surgen recuerdos aislados como
árboles solitarios... de esos que parece que vayan a echarte las ramas encima y
comerte.
Voy a dedicar algunas páginas a esos recuerdos, añadiéndoles una serie
de instantáneas de mi adolescencia y mi primera juventud, que fueron épocas
un poco más coherentes. No es ninguna autobiografía. Se parece más a un
curriculum cuyo objetivo es explicar la formación de un escritor. ¡Ojo!
Formación, pero no creación. Yo no creo que el escritor se haga, ni por
circunstancias ni por voluntad (antes sí lo creía). Es un accesorio que viene de
fábrica, y que, dicho sea de paso, no tiene nada de excepcional. Estoy seguro
de que hay muchísima gente con talento de escritor o narrador, y que es un
talento que puede potenciarse y aguzarse. Si no lo creyera, escribir un libro de
estas características sería una pérdida de tiempo.
En mi caso fue así, como podía haber sido de cualquier otra manera: un
proceso inconexo de crecimiento donde intervinieron la ambición, las ganas,
la suerte y un poco de talento. No vale la pena esforzarse por leer entre líneas,
ni buscar el hilo conductor, porque no hay ninguno. Sólo son instantáneas,
casi todas desenfocadas.
1
Mi primer recuerdo soy yo imaginándome como otra persona, ni más ni
menos que el forzudo del circo de los hermanos Ringling. Fue en casa de mis
tíos Ethelyn y Oren, en Durham, población del estado de Maine. Mi tía se
acuerda con bastante claridad, y dice que tenía dos años y medio o tres.