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Había encontrado un bloque de cemento en un rincón del garaje y, tras
conseguir levantarlo, lo transportaba lentamente por el garaje, viéndome
vestido con una camiseta de piel de animal (probablemente leopardo) y
llevando el bloque por la pista central. El público, nutrido, guardaba silencio.
Un foco azulado seguía mi admirable recorrido, las caras de asombro hablaban
por si mismas: nunca habían visto a un niño tan fuerte «¡Y sólo tiene dos
años!», murmuraba alguien, incrédulo.
Lo que no sabía yo era que el bloque de cemento albergaba un pequeño
avispero en su parte inferior. Quizá una de las avispas se molestara por el
cambio de ubicación, porque salió volando y me picó en la oreja. Nunca me
había dolido nada tanto en mi corta vida, pero el dolor sólo gozó de unos
segundos de protagonismo. Cuando solté el bloque de cemento y se me cayó
en un pie descalzo, machacándome los dedos, me olvidé completamente de la
avispa. No sé si me llevaron al médico. Mi tía Ethelyn tampoco se acuerda (el
tío Oren, a quien debía de pertenecer el Bloque Malvado, lleva muerto casi
veinte años), pero sí de la picadura, los dedos rotos y mi reacción. «¡Cómo
gritabas, Stephen! Está claro que en cuestión de voz tenías un buen día.»
2
Un año después, aproximadamente, estábamos mi madre, mi hermano y
yo en West De Pere (Wisconsin). Ignoro por qué. En Wisconsin vivía otra
hermana de mi madre, Cal (que durante la Segunda Guerra Mundial había sido
belleza oficial del WAAC, el cuerpo auxiliar femenino del ejército), con un
marido simpático y muy aficionado a la cerveza. Es posible que mamá hubiera
cambiado de domicilio para estar cerca de ellos. Si es así, no recuerdo haber
visto mucho a los Weimer. Ni mucho ni poco, la verdad. Mi madre trabajaba,
pero tampoco recuerdo en qué. Me suena una panadería, pero creo que fue
más tarde, al instalarse en Connecticut para estar cerca de su hermana Lois y
el mando de ésta (Fred, que no destacaba ni en cuestión de cervezas ni de
simpatía, y cuyo mayor orgullo, cosa extraña, era ir en descapotable con la
capota... ¡puesta!).
La época de Wisconsin coincidió con una interminable sucesión de
niñeras. No sé si se marchaban porque David y yo éramos demasiado
traviesos, porque encontraban trabajos mejor pagados o porque mi madre les
exigía más de lo que estaban dispuestas a dar. Sólo se que hubo muchas,
aunque sólo me acuerdo bien de una: Eula, o puede que Beulah. Era una
verdadera mole adolescente que se reía mucho. Yo sólo tenía cuatro años, pero
no dejé de observar que Eula-Beulah tenía un sentido del humor estupendo;
por desgracia, además de estupendo era peligroso: cada estallido de júbilo, con