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su aparato de palmadas, meneos de culo y movimientos espasmódicos de la
cabeza, parecía ocultar la amenaza de un trueno. Cada vez, que veo
filmaciones con cámara oculta de alguna niñera que le arrea un tortazo al niño
que le han confiado, me vuelven a la memoria los días de Eula-Beulah.
¿Y mi hermano David? ¿Recibía un tratamiento igual de duro? No lo sé.
No aparece en ninguna de las imágenes. Imagino que estaría menos expuesto
al peligroso soplo de Huracán Eula-Beulah, porque ya tenía seis años y debía
de estar en primero de básica, a salvo de la artillería durante muchas horas.
He aquí una escena típica; Eula-Beulah hablando por teléfono, riendo y
haciéndome gestos de que me acercara. Cuando me tenía a tiro, me abrazaba,
me hacia cosquillas y, a carcajada limpia, me empujaba la cabeza con tanta
fuerza que me tiraba al suelo. Después seguía haciéndome cosquillas con sus
pies descalzos, hasta que volvíamos a reírnos.
Eula-Beulah era propensa a los pedos, en su variedad sonora y olorosa.
En ocasiones, avecinándose uno, me tiraba en el sofá, me ponía el culo en la
cara (con falda de lana interpuesta) y disparaba, gritando eufórica: «¡Bum!»
Era como quedar sepultado por fuegos artificiales a base de metano. Recuerdo
la oscuridad, la sensación de asfixia y las risas; porque, sin dejar de ser
horrible, la experiencia tenía su lado divertido. Puede decirse que Eula-Beulah
me fogueó para la crítica literaria. Después de haber tenido encima a una
niñera de noventa kilos tirándote pedos en la cara y gritando «¡Bum!», el
Village Voice da muy poco miedo.
No sé cómo acabaron las demás, pero a Eula-Beulah la despidieron. Fue
por los huevos. Un día me hizo un huevo frito para desayunar. Yo me lo comí
y pedí otro. Eulah-Beulah me frió el segundo, y luego me preguntó si quería
más. Miraba como diciendo: «Seguro que no te atreves a comerte otro,
Stevie.» Yo le pedí el tercero, claro. Y otro. Y otro. Creo que me quedé en
siete; es el número que tengo en la memoria. Es posible que se acabaran los
huevos, o que me echara a llorar. Quizá Eulah-Beulah se asustó. No lo sé, pero
calculo que fue una suerte dejar el juego en siete. Para un niño de cuatro años,
siete huevos son muchos huevos.
Al principio me encontraba bien, pero de repente me retorcí por el
suelo. Eulah-Beulah rió, me dio un topetón en la cabeza y me encerró en el
armario. Bum. Sí hubiera elegido el lavabo quizá no la hubieran despedido,
pero eligió el armario. A mí no me importó. Estaba oscuro pero olía al
perfume de mi madre, Coty, y por debajo de la puerta se colaba una franja de
luz que me tranquilizaba.
Me puse a cuatro patas y me arrastré hasta el fondo, los abrigos y
vestidos de mamá rozándome la espalda. Luego empecé a soltar una batería de
eructos que me quemaban la garganta. No recuerdo ningún dolor de estómago,