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A la semana siguiente mi madre pidió otro taxi, volvimos al médico de
los oídos y tuve que estirarme otra vez de lado con el recuadro de tela
absorbente debajo de la cabeza. El especialista volvió a hacer que oliera a
alcohol (olor que sigo asociando, supongo que como mucha gente, al dolor, la
enfermedad y el miedo), acompañándolo con la aparición de la larga
jeringuilla. Volvió a asegurarme que no dolería, y yo a creérmelo; no del todo,
pero lo bastante para no moverme cuando me metieron la aguja en la oreja.
Y si, sí que dolió. La verdad es que casi tanto como la primera vez. El
ruido interior de succión fue más intenso; esta vez era un beso de gigantes.
—Listo —dijo la enfermera del especialista en oídos, cuando ya estaba
la jeringa fuera y yo llorando en un charco de pus aguado—. Venga, que
tampoco duele tanto. ¿A que no quieres quedarte sordo? Además ya está.
Me lo creí durante unos cinco días, a cuyo término vino otro taxi.
Volvimos al especialista, y recuerdo que el taxista le decía a mi madre que o
se callaba el crío o nos bajábamos.
Se repitió la escena: yo en la mesa con el pañal debajo de la cabeza, y
mi madre en la sala de espera con una revista que no debía de poder leer (al
menos es lo que me gusta imaginar. De nuevo el olor penetrante del alcohol, y
el doctor acercándose con una aguja que parecía igual de larga que mi regla.
Otra vez la sonrisa, y las garantías de que esta vez seguro que no dolería.
Desde que me agujerearon varias veces el tímpano a los seis años, uno
de mis principios más sólidos ha sido el siguiente: al primer engaño, la
vergüenza es del que engaña; al segundo, del engañado; y al tercero de los
dos. Al verme acostado por tercera vez en la mesa del especialista en oídos,
me retorcí, chillé, di patadas y opuse toda la resistencia posible. Cada vez que
la aguja se acercaba, yo la apañaba con la mano. Al final la enfermera salió, a
la sala de espera, avisó a mi madre y entre las dos consiguieron sujetarme para
que el médico pudiera meter la aguja. Yo pegué un grito tan largo y bestial
que todavía lo oigo. De hecho, creo que en algún receso profundo de mi
cabeza sigue resonando aquel último grito.
6
Poco después (hacia enero o febrero de 1954, si acierto en la secuencia),
un mes gris y frío, volvió el taxi. En esta ocasión el especialista no era el de
oídos, sino uno del cuello. Mi madre volvió a sentarse en la sala de espera, yo
a acostarme en la mesa con una enfermera rondando, y la consulta volvió a
oler a alcohol, aroma que aún hoy conserva su capacidad de duplicar mi
frecuencia cardíaca en cinco segundos.