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La diferencia es que esta vez no hizo su aparición ninguna aguja, sino
una esponjilla para limpiarme la boca. Picaba y tenía un sabor asqueroso, pero
era pan comido en comparación con la descomunal aguja del médico de los
oídos. El del cuello se puso en la cabeza un artilugio muy interesante, con
correa para sujetarlo. Tenía un espejo en medio, y una luz fortísima que
parecía el tercer ojo. Dedicó un buen rato a inspeccionarme la garganta,
pidiéndome que abriera tanto la boca que casi me descoyunta la mandíbula,
pero como no había agujas me cayó simpatiquísimo.
Después me dejó cerrar la boca y llamó a mi madre.
—Es un problema de amígdalas —dijo—. Parece que las haya arañado
un gato. Habrá que extirparlas.
Transcurrido un tiempo que no sé concretar, tengo el recuerdo de ir en
camilla debajo de unas luces muy vivas. Un hombre con mascarilla blanca se
inclina sobre mí. Estaba de pie en la cabecera de la mesa donde estaba yo
tendido (1953 y 1954 fueron mis años de tumbarme en mesas), y parecía que
estuviera al revés.
—Stephen—dijo—. ¿Me oyes?
Contesté que sí.
—Pues respira hondo —dijo él—. Cuando despiertes podrás comer todo
el helado que quieras.
Luego me aplicó un aparato a la cara. Mi memoria lo presenta con
aspecto de motor fueraborda. Yo respiré hondo y se puso todo negro. Al
despertar, efectivamente, me dejaron comer todo el helado que quisiera; lo
gracioso es que no me apetecía. Me notaba la garganta hinchada y gruesa,
aunque bueno, siempre era mejor que la aguja en la oreja. ¿Que es necesario
sacarme las amígdalas? Adelante. ¿Ponerme una jaula en la pierna? También.
Pero que Dios me libre del otiólogo.
7
El mismo año, mi hermano David pasó a cuarto de básica y a mí me
sacaron del colegio. Mi madre y el colegio estuvieron de acuerdo en que me
había perdido demasiados meses del primer curso. Ya empezaría en otoño
desde cero, salud mediante.
Pase la mayor parte del año en cama o sin poder salir de casa. Me leí
aproximadamente seis toneladas de tebeos, di el salto a Tom Swift y Dave
Dawson (un aviador, héroe de la Segunda Guerra Mundial, que siempre
«arañaba altura») y progresé hasta Jack London y sus relatos escalofriantes
sobre animales. A partir de cierto punto empecé a escribir mis propios
cuentos. La imitación precedió a la creación: copiaba en la libreta tebeos de