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Combat Casey, sin cambiar ni una coma, y si me parecía oportuno añadía
descripciones de cosecha propia. Era capaz de escribir: «Estaban acampados
en las jolinas.» Todavía tardé uno o dos años en descubrir que «jolines» y
«colinas» eran palabras diferentes. Me acuerdo de que en la misma época
creía que una puta era una mujer altísima. Un hijo de puta tenía condiciones
para jugar a baloncesto. A los seis años, todavía están revueltas casi todas las
bolas del bingo.
Un día le enseñe a mi madre uno de mis híbridos, y le encantó.
Recuerdo una sonrisa un poco sorprendida, como si le pareciera increíble tener
un hijo tan listo. ¡Caray, si prácticamente era un superdotado! Yo nunca le
había visto poner aquella cara (al menos por mí), y me entusiasmó.
Me preguntó si me lo había inventado, y no tuve más remedio que
reconocer que había copiado la mayor parte de un tebeo.
La cara de decepción que puso mi madre hundió mi gozo en un pozo. Me
devolvió la libreta y dijo:
—Escribe tú uno, Stevie. Los tebeos de Combat Casey no valen nada.
Se pasa el día partiéndole la cara a la gente. Escribe uno tú.
8
Recuerdo haber acogido la idea con la sensación abrumadora de que
abría mil posibilidades, como si me hubieran dejado entrar en un edificio muy
grande y con muchas puertas cerradas, dándome permiso para abrir la que
quisiera. Pensaba (y sigo pensando) que había tantas puertas que no bastaba
una vida para abrirlas todas.
Acabe por escribir un cuento sobre cuatro animales mágicos que iban en
un coche viejo ayudando a los niños. El jefe, y conductor del automóvil, era
un gran conejo blanco. El cuento constaba de cuatro páginas escritas a lápiz
con mucho trabajo, y que yo recuerde no describía ningún salto desde el tejado
del hotel Graymore. Después de acabarlo se lo di a mi madre, y ella se sentó
en el salón, dejo en el suelo su libro de bolsillo y se leyó el cuento entero. Vi
que le gustaba, porque se reía donde había que reírse, pero no supe si lo hacía
por amor a su hijo, para que estuviera contento, o porque el cuento era bueno.
—¿Este no es copiado? —preguntó al acabar.
Dije que no. Ella comentó que merecía publicarse. Desde entonces no
me han dicho nada que me haya hecho tan feliz. Escribí otros cuatro cuentos
sobre el conejo blanco y sus amigos. Mi madre me los pagaba a veinticinco
centavos y se los mandaba a sus cuatro hermanas, que a mi juicio le tenían
cierta lástima. Claro, ellas aún estaban casadas. No las habían abandonado.
Cierto que el tío Fred no tenía mucho sentido del humor y estaba obsesionado