17
con el capó de su coche, y que el tío Oren bebía un poco demasiado y tenía
teorías ligeramente sospechosas sobre el dominio del mundo por los judíos,
pero al menos estaban en casa. En cambio Ruth, abandonada por Don, se
había quedado sola con un bebé. Quería demostrar que al menos era un bebé
con talento.
Cuatro cuentos. A veinticinco centavos cada uno. Fue el primer dólar
que gané en la profesión.
9
Nos mudamos a Stratford, en Connecticut. Entonces yo ya iba a
segundo y suspiraba por la hija adolescente de los vecinos, que era una
monada. De día ni me miraba, pero de noche, cuando me dormía, huíamos
constantemente del mundo cruel de la realidad. Mi nueva profesora era la
señora Taylor, una mujer muy amable con el pelo gris a lo Elsa Lanchester en
La novia de Frankenstein, y ojos saltones. Decía mi madre:
—Siempre que hablo con la señora Taylor me dan ganas de aguantarle
los ojos para que no se le caigan.
Nuestro nuevo piso, otro tercero, estaba en West Broad Street. A una
manzana, bastante cerca de Teddy's Market y enfrente de Burrets Building,
Materials, había un terreno enorme que hacia pendiente, un verdadero bosque
con un depósito de chatarra al fondo y una vía de tren cortándolo en dos. Es
uno de los lugares adonde siempre regresa mi imaginación, una presencia
recurrente en mis novelas y cuentos, aunque le cambie el nombre. Los niños
de It lo llaman «los Barrens». Nosotros lo llamábamos «la selva». La primera
vez que lo exploramos Dave y yo fue al poco tiempo de mudarnos. Era verano
y hacía calor. En plena exploración de los misterios verdes de aquel terreno de
Juego, nuevo y fresco, me acometieron unas ganas irreprimibles de ir de
vientre.
—¡Dave —dije—, vamos a casa, que tengo que empujar! Era el nombre
que le habíamos puesto a aquella actividad.
Dave no quiso saber nada.
—Hazlo en el bosque —dijo.
Nuestro domicilio estaba a media hora o más, y Dave no tenía ninguna
intención de renunciar a un intervalo tan esplendoroso sólo porque su hermano
pequeño tuviera que cagar.
—¡No puedo! —repuse, indignado por la idea—. ¡No hay papel!
—Da igual. Límpiate con hojas. Es lo que hacen los vaqueros y los
indios.