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todo lo súper, y a todo lo que contuviera su nombre; preferencia que culminó
con la revista Dave's Rag, como explicaré en breve.
La primera prueba del Superelectroimán no fue muy súper; de hecho es
posible que no funcionara, aunque no estoy seguro. Lo que puedo asegurar es
que procedía de un libro, no de la mente de Dave. La idea era la siguiente:
imantar un clavo grande frotándolo con un imán normal. Según el libro, la
carga magnética conferida al clavo sería débil, pero suficiente para recoger
unas cuantas limaduras de metal. Después de hacer el experimento, había que
enrollar hilo de cobre al clavo y unir las puntas del hilo a los polos de una
batería. El libro aseguraba que la electricidad aumentaría el magnetismo, para
poder coger más limaduras.
Pero Dave no estaba dispuesto a limitarse a algo tan ridículo como unos
trocitos de metal. Él quería levantar Buicks, vagones de tren y hasta aviones
de carga. Quería mover al mundo en su órbita.
¡Bum! ¡Súper!
Cada uno tenía asignado un papel en la creación del Súperelectroimán.
El mío sería probarlo.
La nueva versión del experimento hecha por Dave se saltaba la humilde
batería a favor del enchufe. Mi hermano cortó el cable de una lámpara vieja
que alguien había dejado en la acera con el resto de la basura, lo peló hasta el
enchufe y enrolló el cable pelado en el clavo. Luego se sentó en el suelo de la
cocina de nuestro piso de West Broad Street, me hizo entrega del
Superelectroimán y me pidió que lo enchufara en cumplimiento de mi parte.
Yo (dicho sea en mi defensa) vacilé, pero al final el entusiasmo
obsesivo de Dave fue imposible de contrarrestar y enchufé el cable. No se
apreció ningún magnetismo, pero el dispositivo tuvo otro efecto: hacer saltar
todas las luces y aparatos eléctricos del piso, todas las luces y aparatos
eléctricos de! edificio y todas las luces y aparatos eléctricos del edificio de al
lado (en cuya planta baja vivía la chica de mis sueños). En el transformador de
la calle explotó algo, y acudieron varios policías. Dave y yo pasamos una hora
horrible mirando por la ventana del dormitorio de nuestra madre, que era la
única que daba a la calle. (Las demás ofrecían hermosas vistas del patio
trasero, pelado y sembrado de cagarros, donde el único ser vivo era un perro
sarnoso que se llamaba Roop-Roop.) Al marcharse la poli llegaron los técnicos
en camioneta. Uno, que llevaba zapatos de clavos, se subió al poste que había
entre los dos edificios para inspeccionar el transformador. En otras
circunstancias el espectáculo habría absorbido toda nuestra atención, pero ese
día no. Ese día sólo pensábamos en cuando viniera nuestra madre y nos
metiera en el reformatorio. Al final volvió la luz y se marchó la camioneta. No
nos pillaron, y sobrevivimos. Dave decidió que era mejor cambiar el