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arranques vocales esporádicos en el mejor estilo del pato Donald, que sólo
entendía mi madre. Mamá lo llamaba
«
Fazza».
Le habían dado el trabajo sus hermanas, quizá con la esperanza de
matar dos pájaros de un tiro: los abuelos gozarían de un entorno acogedor y
los cuidados de una hija afectuosa, y quedaría resuelto el eterno, acuciante
«
problema» de Ruth. Adiós a su trashumancia de madre de dos hijos viajando
sin rumbo entre Indiana, Wisconsin y Connecticut, haciendo pasteles a las
cinco de la mañana o planchando sábanas en una lavandería donde las
temperaturas estivales rebasaban con frecuencia los 43 grados, y donde el jefe,
de julio hasta finales de septiembre, repartía pastillas de sal a la una y las tres.
Yo creo que mamá aborrecía su nuevo empleo. Queriendo cuidarla, sus
hermanas sólo consiguieron convertir a una madre autosuficiente, divertida y
un poco loca en simple aparcera corta de fondos. La mensualidad que le
mandaban cubría la comida, pero poco más. A los niños nos enviaban cajas de
ropa. Cada año, hacia el final de verano, el tío Clayt y la tía Ella (a quienes
creo recordar que no nos ligaba ningún parentesco real) traían cajas llenas de
conservas. La casa donde vivíamos pertenecía a los tíos Ethelyn y Oren. En
cuanto se instaló, mamá cayó en la trampa. A la muerte de sus padres
consiguió otro empleo, pero siguió viviendo en la misma casa hasta que se la
llevó el cáncer. Tengo la impresión de que en su última partida de Durham
(durante las últimas semanas de su enfermedad la cuidaron David y su mujer
Linda) ya no veía la hora de marcharse.
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Si no hay objeción, me gustaría aclarar algo lo antes posible. No hay
ningún Depósito de Ideas, Central de Relatos o Isla de los Best-sellers
Enterrados. Parece que las buenas ideas narrativas surjan de la nada,
planeando hasta aterrizar en la cabeza del escritor: de repente se juntan dos
ideas que no habían tenido ningún contacto y procrean algo nuevo. El trabajo
del narrador no es encontrarlas, sino reconocerlas cuando aparecen.
El día del aterrizaje de la idea a que me he referido (la primera
interesante), mi madre hizo el comentario de que necesitaba seis álbumes de
sellos más para conseguir una lámpara (que era el regalo de Navidad que le
apetecía hacer a su hermana Molly), pero que le parecía que no tendría
tiempo. Dijo:
—Bueno, ya se la regalaré para el cumpleaños. Estos pingajos siempre
hacen mucho bulto, pero luego los pegas y nada.
Bizqueó a propósito, me sacó la lengua y vi que la tenía verde de tanto
pegar sellos. Entonces pensé que estaría muy bien poder fabricarlos en el