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sótano de casa. Había nacido el relato «Happy Stamps». Lo crearon al instante
la ocurrencia de falsificar Green Stamps en el sótano y la imagen de la lengua
verde de mi madre.
El protagonista de mi relato era el típico desgraciado, un tal Roger que
ya había ido dos veces a la cárcel por falsificar dinero. Un día empieza a
falsificar sellos «Happy Stamps» en lugar de dinero... hasta que descubre que
el dibujo es de una sencillez tan necia que en realidad no los falsifica, sino que
crea cantidades industriales de sellos auténticos. En una escena divertida
(probablemente la primera que he escrito con un poco de oficio), Roger y su
anciana madre, ambos sentados en el salón, sueñan con el catálogo de Happy
Stamps, mientras en el sótano trabaja la imprenta escupiendo fajos y fajos.
—¡Jesús bendito! —dice la madre—. Según la letra pequeña, Roger,
con estos sellos se puede tener de todo. Les dices lo que quieres y calculan los
álbumes que hace falta para conseguirlo. ¡Fíjate! ¡Con seis o siete millones de
álbumes, hasta podríamos tener una casa en las afueras!
Por desgracia, Roger descubre que en sí los sellos son perfectos, pero
que la pega es defectuosa. Mojándolos con la lengua se enganchan bien al
álbum, pero pasándolos por un humedecedor mecánico pasan de ser rosas a
azules. Al final del relato, Roger está en el sótano delante de un espejo. Tiene
detrás una mesa con unos noventa álbumes completos, todos con los sellos
pegados con la lengua. Nuestro héroe tiene los labios rosas. Asoma la lengua y
todavía está más rosa. Hasta empiezan a ponérsele rosa los dientes. La madre
lo llama desde arriba y, con gran alegría, le explica que acaba de hablar por
teléfono con el centro de canje y que una señora le ha dicho que por
11.600.000 álbumes es casi seguro que podrían conseguir una casa de estilo
Tudor en Weston.
—Muy bien, mamá —dice Roger.
Se observa un poco más en el espejo, con los labios rosa y una mirada
de angustia, y vuelve lentamente hacia la mesa. Tiene detrás varios cubos con
miles de millones de sellos rebosando. Poco a poco, nuestro héroe abre un
álbum nuevo y empieza a lamer hojas y pegarlas. Sólo quedan 11.590.000
álbumes, piensa al final del relato. Entonces mamá podrá tener su casa.
La historia tenia puntos débiles (el peor, probablemente, que Roger no
cambie de pegamento), pero era simpática y bastante original, y fui consciente
de haber conseguido algunas paginas bien escritas. Después de muchas horas
estudiando el mercado en mi Writer's Digest hecho polvo, envié
«
Happy
Stamps» a Alfred Hitchcock's Mystery Magazine. Volvió a las tres semanas
con una nota estándar de devolución, donde figuraba el perfil inconfundible de
Alfred Hitchcock impreso en tinta roja y un texto breve deseándome suerte
con el cuento. También había un mensaje escrito a mano y sin firmar, que es